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HISTORIAS SOBRENATURALES PARA NIÑOS Y NO TAN NIÑOS...

 

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04/05/2005

CRÓNICA DE UNA ENCUESTA

CRÓNICA DE UNA ENCUESTA

Salió sin rumbo fijo el reportero: necesitaba recopilar datos para su trabajo.
Vestimenta casual: impecable apariencia: una libreta en una mano, una grabadora en la otra. No salió muy lejos de su casa, a cuatro cuadras cuando mucho. El clima estaba nublado. Eran las seis de la tarde.
La primera casa que vio, y preguntó a quien parecía ser la ama de la casa. “no sé de qué está hablando”- dijo la señora. “No importa” –pensó el reportero- “Ignorantes hay en todas partes”.
La siguiente casa era cercana. Tocó la ventana, y la puerta no se abrió. Miró por la ventana: sólo alcanzó a ver a una muchacha, de adentro, llantos infantiles: era la hora de la comida. “¿niñera o madre prematura?”- se preguntó el entrevistador.
Tuvo que entrar por el pórtico de la siguiente casa para tocar la puerta. Era una señora cuarentona, pero se veía que cuidaba su salud. Lo invitó pasar. Él accedió un poco desganado. Aquella casa le traía recuerdos. La puerta rematada de madera como la de la casa del abuelo. Los pajarillos le parecían como de esos que sólo salen en las películas. El aroma a piso recién trapeado, como el de los abarrotes a los que el joven iba en su infancia. Se sentó en el sillón de la sala. “¿Café o té”? – preguntó la señora. “no gracias”- estoy haciendo un sondeo – ¿Puede responder estas preguntas?”- le dijo estirándole una hoja. La señora se tardó no menos de dos minutos en contestar impecablemente todo. El entrevistador agradeció y se fue. Mientras se alejaba notó que la señora salió a la puerta a observar cómo se marchaba. “Viuda solitaria”- pensó el joven para sus adentros.
Nueve y Veinte. “misión cumplida”- se felicitó al llegar a su apartamento. Faltaban tres días para navidad, pero él sólo pensaba en trabajar. Sin embargo no dudaba en qué quería de regalo. Encendió la televisión. Era el noticiero: pasaban un reportaje de Alberto Tinoco Guadarrama. “para allá voy”- dijo el joven en voz alta y sin dudar ni un segundo.
04/05/2005 02:59 Enlace permanente. Tema: Otras Jaladas. Hay 2 comentarios.

17/04/2005

VISIÓN EMPRESARIAL

Recuerdo de hace unos cinco días, el hecho de haber salido de una reunión después de las 3 am. Sí, pasamos varias dificultades para alcanzar la culminación de nuestro proyecto; yo había malcomido durante algunas semanas, tampoco había dormido gran cosa que se diga, mi aspecto lucía descuidado y el aseo personal era sólo un sueño... Encima de todo me encontraba enfermo de una terrible gripe, pero no me importó, pues estábamos cerca de terminar nuestro tan ansiado proyecto. Por suerte, pude continuar a pesar de todo. En la escuela nos lo habían dicho, tendríamos qué trabajar muy duro, y no importando cómo fuera obtendría el éxito.
Llegando a mi hogar continué con el análisis de presupuestos y a checar si los balances iban bien. Una vez más, observé todo en perfecto orden y supe que al fin podía tomar vacación. Sin embargo, faltaban aún un par de trámites sencillos qué realizar, pero eso ya no era asunto mío, mi trabajo había acabado.
Incitado por la suave iluminación de mi departamento, parpadeé aliviado, y luego me tendí en un sillón para descansar los ojos por un momento.
¡Ah! Qué alivio tomar una pequeña siesta luego de tanto trabajo. La gripe me hacía sentir comatoso frecuentemente y pensé que, después de todo, no sería mala idea descansar. Me comencé a sentir lívido, algo como fuera de nuestra dimensión. No podía creer que pudiera ser tan placentero desahogarme así. Luego de un buen tiempo con los ojos cerrados, comencé a tener un sueño, una extraña visión, en que merodeaba por un cuarto oscuro, muy frío. Pero de pronto, la luz irrumpía por una puerta. Era una luz cálida y atrayente, y a través de la cuál sentía que una voz me llamaba por mi nombre. La luz se hacía más grande y llenaba el cuarto. Yo la vi. Una silueta se extendía por detrás de esa luz, y supe que era quien me llamaba. Caminé hacia la figura y ya tocaba su mano cuando algo me despertó.
El celular sonaba con insistencia, y cuando contesté me enteré que el trámite de una de las licencias se estaba dificultando. Era una mala noticia, y ponía en grave peligro el alcance final de nuestro gran proyecto. Tendría qué acudir a la oficina de gobierno a explicar cómo había estado el asunto. De volada colgué y me apresuré a buscar mi maletín para llevar los comprobantes con el contador. En mi búsqueda noté que un agrio aroma llenaba el cuarto. No había tiempo para buscar lo que fuese el causante (Quizás la pizza de hace dos semanas), debía apresurarme porque las oficinas tenían un horario reducido.
Al salir a buscar mi vehículo, los conductores me veían extraño. Sí, ya sé: había salido sin planchar el traje que llevaba puesto, luego de haber dormido con él puesto. Tampoco tuve tiempo de peinarme y llevaba varios días sin afeitarme. Por si fuera poco, ni siquiera tuve tiempo de verme al espejo, aunque claro: tenía que verme terrible.
El tráfico estuvo por suerte fluido y supuse que llegaría a tiempo. Sí, debió ser porque me pasé un alto.
Al fin llegué, y me apresuré hacia la fila. Todos se quedaron extrañados, pero me hicieron pasar a mí primero, creo que tengo buenos contactos. El contador me saludó no de muy buena gana, claro, ambos estábamos cansados por tan pesada semana. Al preguntar por las facturas, las extraje rápido y se las entregué. Tras hojearlas brevemente, me dijo que todo estaba perfecto y el asunto quedaba arreglado. Me estrechó la mano y me agradeció: “Es todo, su trabajo aquí ya terminó. Al fin puede descansar en paz”. Y me dormí en su escritorio.
FIN
17/04/2005 06:54 Enlace permanente. Tema: Otras Jaladas. No hay comentarios. Comentar.

CHINCHE SALVAJE

I

Escondida en el material. La breve envoltura del bosque. Por donde no la ves y por todos otros lados merodea. Se esconde en la efímera gota de rocío lo mismo que bajo la tierra.
Color negro y envoltura de berenjena. Poderosas mandíbulas. Largas y duras antenas, que cosquillean al pie. Ocho patas de madera, tórax de acero; ojos de vidrio: dos espejos malditos y humeantes. No se le puede ver sin fascinación o repulsión: Es una mezcla de ambas.

II

Creada al tiempo de los grandes monstruos. Tan grande como ellos. La muerte no le afectó, y la humildad se le redujo. Impasible y reina del mundo, es una salvaje. Nada más y nada menos que eso. Una guerrera de brillante y pesada armadura, que en épocas primarias batallaba contra las débiles y asustadizas hormigas. Su alma era el escudo. De ojos orquestados y movimientos antihumanos. Del grupo que marchó y aún lo hace, en lucha por su territorio. De espíritu infinito e inquebrantable, caminaba destruyendo las insolentes partículas a su camino. Su salvajía e inocencia eran del mismo tamaño, como un arma de doble filo, que no se ofendía pero sí se vengaba.

III

Hermana de los escarabajos de potentes cuernos, fue venerada por los faraones. Las hormigas eran simples súbditos, adorables pero enfermizos, a cuya buena acción obtendrían siempre una amor y una sonrisa, pero el menor acto de rebeldía lo pagarían con la muerte. La chinche era como el faraón y sus consortes la acompañaban como portadoras de lo oculto; eran sus leales guerreros iguales en fuerza, pero no en espíritu, de la descendencia de los propios dioses, en letal cámara funeraria, aunque en permanente flujo y transferencia.
Y resultó amplio y cómodo el sarcófago, con la máxima fuerza jamás deseada. Resistencia de la roca y flexibilidad del pasto. Allí, como espiga, se mostraba inerme, expectante a la vista, la forma máxima: el escarabajo de oro, el pendiente que las reinas creían poseer pero si de esa forma fuese, ya estarían muertas junto con él.

IV

Destruyendo entre fuego, agua, maleza y piedras, abrieron los pasos. Las pequeñas inconformes fueron críticas; no podían soportar ser súbditas, se rebelaron. Los centuriones no tuvieron miedo, se mostraron crueles; el flagelo los atravesaba si fallaban en su misión. Alistan la mandíbula y se lanzan en guerra. Aplastaron a las ingratas literalmente, las redujeron a polvo más tarde con el fuego, el secreto heredado del Sol y sus antepasados. No cupo duda que las cosas ya no marchaban bien. De cierta forma acababan de perder, perder no su inocencia sino su seguridad. Salvajes, las chinches apresaron a la amenazadora reina iniciadora de la rebelión y le mordieron. El golpe fue excesivo a ella. Su vientre partióse desgarrado y cayeron en él sus sueños y su futuro, las larvas de sus sueños jamás cumplidos.

V

Lo que sucedía se repetiría más tarde, el faraón cayó del trono por cuenta propia. Frecuentemente se le mencionaba, pero la relevancia fue nula. La chinche salvaje dejó de preocuparse por sus súbditos. Sus centuriones, que jamás la abandonaran, huyeron con ella. La pirámide reducida quedaba así a tierra árida, de la cuál jamás podría volver a salir nada nuevo. Decepcionada, pero intacta, la chinche desvía sus pensamientos. Llovía en esa ocasión. No puede dejar de pensarlo, pero lo intenta; la gloria llega en ese momento, el brillo aúreo de su cofre divino ya no resonaría jamás en su palacio. Su caparazón seguía adentro: la simulación de su vida era llevada al extremo; ya no se le recordaría, bastaría dejarla sola en el presente, feroz vigilante de lo ajeno, no como la benevolente fuerza que en realidad había sido antes de la rebelión.

VI

Llovía entonces, cuando la gloria se manifestaba. En ese momento obtuvo su espíritu de primigenia, y dejando atrás todo lo consiguió: el mayor portento, el de los grandes poderes, la magia de la que tanto se hablaba. Todo quedó reducido desde ese momento. El cofre volvió a brillar, pero no en presencia de todos. La armadura de la chinche salvaje se acomodó en una virtud perfecta. Lo conseguía, el oro de su alma transcurriría durante el infinito, cuando en ese momento los misterios comenzaron a crearse con la apertura del cofre.

VII

Un resplandor iluminó las entrañas del infinito, y comenzó a esparcirse como una plaga venenosa. El fuego y el veneno escaparon de los ataúdes. Las grandes fuerzas se manifestaron al fin, tras el llamado de privacidad de la reina. El cofre se partió al fin en dos y mostró la realización de la divinidad, cuando el alma elevó su rostro en forma de eternidad.
Las alas se desplegaban, y no eran doradas, como era la armadura, sino del color melancólico de un veneno, el que no se puede apreciar a simple vista, era como la muerte. El zumbido se comenzó a dispersar desde el desierto, al tiempo que grandes llamaradas bajaban del cielo. Los centuriones la observaban pasivas, sabiendo que era lo que se les había encomendado. La lluvia no cesaba, cuando la chinche se comunicó en su acción. Abrió los ojos cuando vio lo que debía a hacer. Las alas se extendían hacia otros planos. Los súbditos hicieron lo mismo. La chinche miró a través de sus propios ojos para observarlo todo: ya no se le veía como generosa ni creadora, ahora la llamaban la gran resentida, la destructora y corrompida. No le importó, sólo los guerreros partícipes de su salvajía la adoraban, pero hablarle ya era inútil a la sabedora de todo: ya nada volvería a cambiar. Las alas de la chinche lo hicieron. Se elevaron y desaparecieron físicamente.

VIII

Luego de eso las fuerzas continuaron y poco a poco desaparecieron. El disco del cielo ya no los protegió: ahora no saldría. Más tarde vino el frío, uno que destruiría todo, helaría la sangre y pararía el corazón. Y allí estuvo, siempre estuvo allí, siempre. Incansable y victoriosa caminaba por la tierra; de cierta forma orgullosa, muy orgullosa. Indestructible, en todos lados. Entre las hojas, en las rocas, tendida, caminando y cuidando a sus sucesores. Si la ves, no se asustará: no bloqueará tu paso, andará sobre ti, te tocará el alma, te va a desgarrar la piel, sólo dejará tus huesos. Porque debe de hacerlo, así es su naturaleza, y sabe que lo es. Sólo cantará por las noches, sólo te mirará con sus espejos de la noche. Anidará donde pueda y no va a desaparecer jamás.

IX

Es una noche estrellada. La luna brilla ejerciendo su voluntad sobrenatural. Un joven duerme bajo las estrellas. Hace calor, en el bosque todos caminan. Un grupo de grillos canta, como de costumbre, pero es interrumpido; en ese momento se ve bajo las estrellas, entre los arbustos, el brillo dorado. Las luciérnagas huyen, sabiendo que su luz no se compara. Los ojos se vuelven lunas, el cofre se convierte en el cielo. Pronto las sombras se dispersan y entonces aparece, vencedora. La chinche se acerca a la tienda donde acampa el muchacho, y en un movimiento pacífico se abre paso a través de la tela. Lo observa de pies a cabeza, su piel pálida bajo la luna, su cuerpo débil y vulnerable. La chinche se posa en sus piernas. El joven se estremece aún dormido, por la rugosidad de las extremidades. La chiche ni se inmuta, sube por el vientre y se posa en su rostro. Le contempla respirar y se conmueve por su tranquilidad; está tan asqueada que retrocede.

Lentamente, el cofre se abre, la chinche despliega sus alas, se comienza a elevar y se dirige a su destino. Vuela, destrozando a todo insecto a su paso. Su silueta provoca temor a todo lo que la vea. El majestuoso vuelo muestra a la chinche su lado salvaje, una fuerza jamás experimentada, que es provocar el miedo a cada uno de forma distinta. Y a la luz de la luna, se aleja.
Al día siguiente el joven despierta. Ha dormido plácidamente y para él, nada ha pasado.
17/04/2005 03:23 Enlace permanente. Tema: Otras Jaladas. No hay comentarios. Comentar.

09/04/2005

EL RINCÓN DE SUSANA (Historia Sobrenatural Para Niños)

El Caballero apenas había pasado por el último portal de la cueva, ya sentía el aliento del Dragón a sus espaldas, cuando la mamá de Susana llamaba a su hija mayor a la cena por última vez:
– Susana, ya te llevo llamando un rato y ya se enfrió tu... – la señora no terminó, pues fijó la vista en la de su hija, como siempre, leyendo.
“La Llamada del Señor de las Sombras”. El título del libro no parecería interesante para una madre de familia, pero entre todos los que tenía Susana en su montón, había obras clásicas, novelas relativamente nuevas, mitologías, teatro... Casi toda una biblioteca. A la mamá no le molestó para nada, para Susana aun eran vacaciones y era mejor a que la niña anduviera en la calle a esas horas de la noche. La madre salió del cuarto silenciosamente, y fue como si jamás hubiera entrado.
Más tarde entró la hermana de Susana.
– “Oye, Sus, mejor marca la página; apagaré la luz en tres... dos... uno... Despegue”. Así fue como apagó la luz, pero Susana había sido más lista, pues dejó abierto el libro.
La almohada, pero sin cenar. No durmió con el estómago vacío y a medianoche se levantó a devorar algunos bocadillos antes de visitar al Mago. Al volver a la cama se sentía ansiosa... “¿Habría Grodel, el temible Ogro devorado a Derat, el caballero Andante?” Sin duda no, pero “¿Y Arcus, el escudero de nuestro héroe? ¿Lo habría usado de conejillo de Indias el malvado druida del pantano?. No podía perderse el final de la novela de Quince Tomos. Esa noche leyó de corrido varios de los tomos que le faltaban hasta terminar la obra...

Pero no se dio cuenta que tras leer el esperado final el Sol ya había salido. Sus padres se iban levantando -ellos ya no tenían vacaciones- cuando la hallaron leyendo en la mesa.
– Susanita – le dijo su padre – ¿Cuánto llevas despierta?.
–Unos diez minutos... – le contestó en voz baja como tratando de encubrir su travesura.
La mañana pasó como si nada, pues todos le creyeron. Su hermanita se fue a la escuela. Sus padres, al trabajo.
– “Susana, necesito un poquito de ayuda con la casa” – le dijo su madre extendiéndole una hojita de deberes.
Susana la tomó sin apartar la vista de su libro. En cuanto la madre salió a trabajar, la niña corrió a hacer los deberes encargados, sin perder ni un segundo. En cuanto terminó se dispuso a iniciar un nuevo libro, esta vez era una novela de espías, de uno de sus autores favoritos.
Tampoco hay qué exagerar, no estuvo leyendo el día entero, simplemente se tomó unos ratos para desayunar, un poco de relajación, se puso a ver un par de videos musicales y revisó su e-mail.
A la tarde, su hermanita acababa de llegar de la escuela... Susana iba en la página 327 de un libro de Poemas Laaargos cuando una presencia no autorizada irrumpió en la recámara.
– Gaby, te he dicho que no entres sin tocar la puerta” – dijo Susana, casi sin importarle.
– Pero sí toqué, Su... pensé que no había nadie.– contestó la niña en tono muy mimado.
– Bueno, pues ya salte, no tienes negocio aquí– respondió Susana, audiblemente molesta por el tono agudo de la voz de Gaby.
- Pero también es mi... – Gaby no terminó su frase, pero se quedó embelesada con la pila de libros que casi tocaban el techo.
– ¿todos esos has leído? – cuestionó Gaby a su hermana. –Hoy sí– respondió orgullosa Susana – Ahora, fuera de aquí – le dijo, empujándola delicadamente fuera de la habitación.

Leyó un poco más hasta acabar los libros que le quedaban y se vio en la necesidad de regresar a la Biblioteca. Regresó de volada los que había pedido y se aventuró a buscar nuevos títulos. Algo de Aventuras, colecciones de poemas y pensamientos, Antologías de diversos autores, una novela de vampiros y un par de teatro... Un Mini Combo, le decía ella. No era muy tarde, y se decidió por leer en la biblioteca uno o dos... o tres... o cuatro... Pakistán estaba en llamas cuando la bibliotecaria le instó a largarse:
–Hijita, ya son las diez, elige algo para llevarte, que ya vamos a cerrar.
Con toda la tranquilidad del mundo se disponía a tomar un Mini Combo para llevar, cuando con el rabillo del ojo creyó ver algo... como una larga sombra, que saltaba por los estantes de libros. Susana sintió un poco de miedo, pero lo atribuyó a la noche, tomó algunos libros interesantes y se regresó a su casa.

De regreso a casa su madre le dijo muy preocupada:
– ¿Por qué tan tarde, hija?.
– Perdón, ma – Le respondió Susana – me entretuve un rato en la biblioteca.
– siete horas no son precisamente un rato – agregó la madre, y frotándose los ojos un poco cansada le dijo: – que no vuelva a pasar. Pasado mañana entras a clases y quiero buenas calificaciones. Ahora, vete a cenar y a acostar. Debes de acostumbrarte al horario de clases.

Susana hizo caso a la cena, pero estuvo acostada un par de horas sin poder conciliar el sueño. Se moría por empezar a leer “Treintaicuatro poemas patéticos y una oda desesperada”, obra súper larga y al parecer muy interesante. –Por algo ha de ser Best-Seller- pensó Susana – Debo averiguarlo ahora mismo. Iluminó un poco la cocina y se puso a leer el grueso volumen. Así pasó gran parte de la noche, hasta que le dio sueño y durmió por unas cinco horas lo que quedaba de oscuridad y en la madrugada se levantó sin querer hacerlo. - Anoche me faltaron tres poemas y la oda – más me vale empezar ahora mismo o no regresaré los libros a tiempo. Eran las 5 de la mañana y su padre se acababa de levantar a sacar la basura cuando advirtió en la cocina la presencia de su hija.
– Susana – le dijo - ¿levantada tan temprano?.
Susana no respondió.
– Bueno – dijo su padre tras una pausa– ayúdame a sacar la basura. Susana así lo hizo.

Más tarde Susana terminaba lo que sacó de la biblioteca, acompañada por su grande y jugosa hamburguesa de Carl’s Jr. En eso, que llega la mamá y le arrebata la hamburguesa.
– Hija, ¿Cuántas veces te he dicho que no comas comida chatarra?.
– ¡Pero si es la Bacon Special Super Star! ¡Millones de Hamburgueses no pueden estar equivocados! – se defendió Susana.
– Nada de eso, Susanita, confirmó la madre, preparé sopa para ti y tu hermana, es nutritiva y deliciosa; espero que me lo agradezcan y se la coman contentas. Nada de hamburguesas hasta después de comer.
Dicho eso la madre salió airosa de la recámara, y en eso voltea Susana y ve cómo su progenitora le descarga una generosa mordida a la hamburguesa de Seis Dólares. –Lo que me faltaba- piensa Susana- ella quería mi hamburguesa más que yo. – Sopa... no puede ser – continuó divagando Susana- ¿cómo se puede comer eso mientras se lee?. Esa tarde leyó con el estómago vacío.

Día de regreso a clases, Susana se reencuentra con sus amigas y se divierte bastante.
BIOLOGÍA III, marca el pizarrón.
– Espero que no estén muy oxidados por las vacaciones– dijo el mismo profesor que les tocaba el semestre pasado, y luego de hacer un ingenuo chistecito por el que todos sonrieron inició a preguntar algunas cosas de lo que se había visto en Biología II:
– ¿Qué es la Mutación Puntual?.
No faltó el chistosito de Adán que dijo medio ahogado:
– La que nunca llega tarde – seguido por un despectivo “Baaaaah” del resto del salón y un par de risitas entre dientes.
Finalmente Susana y otra niña levantaron la mano para contestar.
– Arisema– dijo el profesor- ¿Qué es la Mutación Puntual?.
– Pues... Vendría siendo como... Cuando se gana o pierde una base o cuando... cuando... se sustituyen.
– Bien – dijo el profesor.
Estaba a punto de pasar a otra pregunta cuando Susana comentó en voz bastante alta:
– Creo que a Arisema le faltó decir que podía ser de dos tipos, Por sustitución de una Base o Constitución Recorrida, que a la vez se divide en...
Y así continuó unos buenos minutos, hablando de forma fluida y completamente entendible (tanto que hasta el profesor quedó impresionado), y para terminar dio ejemplos prácticos sin rebuscarle mucho, pero de razonamiento avanzado.

Así pasaron las otras seis clases de ese día y uno por uno fue dejando a los maestros con el ojo cuadrado y dándose a ver como una niña genio.
– ¿dónde aprendiste todo eso, Susana? – preguntó la maestra de Psicología.
– Leyendo lo correcto – respondió orgullosa Susana.

Fue ese mismo día en que a altas horas de la noche, donde contraindicado se encontraba leyendo en un rincón de la biblioteca, cuando le pareció escuchar una vocecilla al fondo de un pasillo y al aventurarse curiosa, descubrió a un curioso y transparente ente que se mostraba con porte altivo y caballeroso a la chiquilla. El sujeto se veía como uno de esos que aparecen en las obras de teatro de Romeo y Julieta. Si dijera que parecía ser Shakespeare en persona me tomarían por mentiroso, pero al menos así Susana lo imaginaba: un hombre de edad avanzada, vestido al estilo de la época, ¿por qué no decirlo? Casi calvo.

Bueno, el caso es que el señor era así, pero transparente. Más emocionada que asustada, Susana cuestionó al caballero sobre su presencia en el sitio:
– ¿Qué hace aquí, extraño caballero?.
El sujeto, nada sorprendido respondió:
– Damisela, yo soy un fantasma.
Susana, nada sorprendida inquirió:
– ¿y qué hace aquí?.
Con su voz más refinada y un extraño tono español, el fantasma contesta:
– Basta de rodeos, niña, yo soy, o mejor dicho, he sido el Marqués de Dragonza, un diminuto reino español. ¿Quién sos vos?-concluyó.
– Soy Susana, pero ya dime ¿Qué haces aquí?- cuestionó ansiosa Susana.
El Marqués tosió avergonzado y le dirigió estas palabras:
– Yo paso aquí las noches en vela, digiriendo cuanto escrito hallo a mi alcance.
Habrá usted caído en cuenta de que tenemos los mismos pasatiempos, y es por eso que me presento a su persona del modo más indicado...- acabó.
– ¡Caramba!- dijo Susana- o sea que usted es un fantasma lector, como el de un programa...
– El caso es el siguiente- explicó el Marqués rápidamente – Yo fui un lector vivaz y entusiasta en vida, pero ahora que he pasado a mejor vida he leído mucho más de lo que jamás habría podido en términos mortales; y como he visto a su persona leer de forma desesperada durante las previas semanas, y hallando evidente el parecido entre su carácter y el mío, he decidido compartir con usted los siguientes puntos-
Sacando de uno de sus bolsillos una pequeña hoja color sepia, el Marqués extendió su brazo hacia nuestra protagonista. Susana tomó la hoja y la observó detenidamente.
– Este es un escrito encantado que se acostumbra hacer en el Otro Mundo cuando uno ya tiene un poco de experiencia.- explicó el Marqués – Y una ves que una persona culta como es usted la halla leído, aprenderá todos los apócrifos trucos de su servidor.

Susana repasó la hoja, pero no la halló escrita en un lenguaje coherente, sino que eran palabras realmente ininteligibles y sin sentido alguno. Susana trató de pedir explicación a su interlocutor, pero al alzar la vista se percató de que ya no estaba. Sin perder tiempo, Susana tomó los libros que acababa de sacar y se dirigió a casa.
En la comodidad de su hogar, Susana repasó el extraño texto y lo leyó completito, al derecho y al revés y en voz alta hasta altas horas de la noche, sin comprender qué clase de significados podría ocultar. Su hermana entró al poco rato sin tocar.
– Tres, dos, uno... ¡Fuera luces y a dormir!– dijo Gaby en lúdico tono.
Susana estaba a punto de regañar de nueva cuenta a su entrometida hermana cuando se percató de un hecho insólito. Las palabras no se oscurecían, sino que Susana las veía más claras que nunca. Allí fue como comprendió todo...

Más noche lo intentó con otros libros y comprobó muchas cosas. Podía leer bajo cualquier tipo de iluminación, con las yemas de los dedos o los ojos cerrados. No tardó en darse cuenta de otras repentinas habilidades, por ejemplo, podía ahora dormir mientras leía, lo cuál la hacía inmune al cansancio; al sumergirse en las palabras podía recrear sueños casi reales basados en los acontecimientos del libro que leía y muchas otras curiosidades.

Pasaron así varias semanas y Susana leía más que nunca, pero un día sintió que tal vez la gente se estaría dando cuenta: Susana no comía, no dormía, no iba a la escuela ni ninguna de las cosas que hacía antes. Se encontraba terminando una obra de título desconocido cuando entraron sus padres y hermana envueltos en un pánico indescriptible. Junto a ellos venían un par de sujetos grande vestidos de color blanco. Susana comprendió que tal vez nunca terminaría de leer su libro si había tanta gente cerca interrumpiéndola. Uno de los hombres la tomó por el brazo, pero en ese instante un destello iluminó la habitación y ante el asombro de todos, Susana comenzó a desaparecer: su fisonomía comenzó a desvanecerse entre un montón de letras. Nadie comprendió bien cómo ni por qué sucedió, pero lo cierto es que nadie la volvió a ver en ese mundo.

Ahora Susana está en un lugar que le gusta más, hay sólo una mesa, una silla y un librero de material infinito, sin nadie que la moleste.
– Al fin puedo empezar a leer este – dice Susana con la emoción de lectora a flor de piel. “En un principio sólo había el caos, entonces Dios dijo: Hágase la Luz...”, empieza.

FIN

06/04/2005

EL HOMBRE INCLINADO

Este hombre nació como cualquier otro
Con la “S” a sus espaldas
Respirando aliviado.

Al crecer, sus músculos se fortalecieron.
La leche hizo crecer sus huesos.
Jugaba feliz y sanamente.
Su vigor era su alma.

Más tarde, la responsabilidad.
El hombre dice: “enorme carga”.
El hombre se joroba.
Trata de llevar sus problemas pero no puede.

Sus músculos se debilitan.
Sus huesos se encogen.
Hombre no: es un arco.
Es un ángulo de dolor viviente.

Una terrible mañana despierta encorvado.
Se mira al espejo, se enjuaga en el lavabo.
Mira su rostro; aún el de un niño.
Está enojado, no es eso para él.

Camina hacia la escuela con su maletín.
Nuevamente se yergue tranquilizado.
Anda así todo el camino.
Pero al llegar a trabajar, la presión le agobia.
De regreso a casa, ya es otra vez la cuna.

Una vez en casa se acuesta.
Está muy cansado.
Los músculos hechos cuerdas;
Los huesos hechos polvo.
La mente hecha basura;
Y el alma hecha pedazos.

Al día siguiente vuelve a despertar.
Pero él ya no quería.

La misma rutina de siempre.
El hombre se encorva, ya es una “C”.
La presión le aplasta hasta sus sueños.
Míralo andar, qué espectáculo:
Ahora ya es una “U”.

No; ya no puede.
Recuerda cuando era niño, solía jugar.
Ya no se puede; el cansancio se lo impide.
Se postra en la calle, se encorva en el suelo.
Muerde el polvo, y finalmente, su columna
Se convierte en un arco que dispara su angustia al infinito.

A la mañana siguiente, le hayan en el pavimento.
Ven su columna en posición otra vez.
Ha completado la “S”.
La “U” ya es sólo un recuerdo.
El arco se relajó tras el disparo.
Sus huesos se encuentran estirados;
Y sus músculos están relajados;
Pero la mente desaparece;
Y el alma ya ha cruzado el tiempo y el espacio.

La columna ha quedado atrás;
ha quedado atrás el trabajo y el maletín.
Pero ha quedado atrás también el juego;
Y los huesos fuertes y los músculos.

Y, sin poder remediarlo,
El hombre inclinado se pregunta:
¿Habré sido feliz?
06/04/2005 03:04 Enlace permanente. Tema: Otras Jaladas. Hay 1 comentario.

30/03/2005

LA LEYENDA

Mi familia vive lejos de mí, en un pueblito olvidado, de aroma a polvo y humedad. Decidí desde hace mucho alejarme de ellos.
Detesté aquella maldita infancia, en que caminaba un par de kilómetros para llegar a la primaria; andaba descalza entre el pasto al que desarrollé alergia, y tenía que aguantar todas las noches los maullidos de los felinos silvestres y por las mañanas, el desaforado canto de los gallos. En ese lugar los tontos niños campesinos me tiraban piedras cuando volvía caminando de la escuela, con mi hermano el afeminado.
Cenábamos todas las noches algunos restos de sopa o guisado de la tarde, reunida todas la familia en torno a una rudimentaria estufa de barro, que me hacía sudar hasta los tobillos. Mi padre, un arrugado campesino de viejas costumbres solía tocar las canciones más viejas y peregrinas que conocía, mientras mi desdentada madre nos narraba leyendas y tonterías recopiladas de sus padres y abuelos. Siendo la menor de los siete hermanos, me sentía una vil tontita, pues todos se reían, pensándome crédula de todas esas rancias leyendas leídas, comidas y vomitadas ya por varios miembros de mi familia.

Terminé con el suplicio cuando, al llegar el momento de cursar la secundaria, me largué lejos de allí, a una escuela técnica en la ciudad, donde me alojé en casa de una tía. Toda la comodidad que el desayuno de microondas, la televisión todo el día y el aire acondicionado me podían ofrecer, contribuyeron a asumir como una lejana pesadilla aquellos tiempos con mis padres. Admito que me creían una pueblerina los primeros años de la escuela, pero mi gusto por la vida sedentaria me ayudó a convertirme en una auténtica citadina.

Ya pasaron muchos años de eso. Ahora soy una profesionista, y vivo sola, en un apartamento en el último piso de un complejo de habitaciones. Trabajo en una oficina y no sé cocinar; Soy una soltera de veinticinco años y puedo darme todos los lujos que quiera.

Hace un par de meses, durante una noche de fiesta con mis ex compañeros de la universidad, decidí embriagarme y nadar desnuda en un arroyo junto a varios amigos. Contraje una fuerte pulmonía y pedí incapacidad en el trabajo por un mes. Por suerte, la medicina actual me salvó de perder mucho sueldo.

La semana pasada me pasó algo que no puedo catalogar mas que como patético. Como mi auto estaba en el taller, me vi obligada a utilizar el transporte público. Tranquila como me hallaba en el viaje, sin saber a qué riesgos me exponía, un imprevisto frenado del chofer me dejó flojos dos dientes delanteros. El estupendo plan dental de la compañía me pagó la extracción de las piezas dentales y una prótesis que me acompañaría el resto de mis días.
Por la noche, de vuelta al apartamento, cené una ensalada que compré en un Subway y tras asegurar la puerta de mi recámara, me dispuse a dormir. Pasada medianoche, cuando me desperté a acomodar la almohada, recordé que las indicaciones del dentista fueron quitarme la dentadura y dejarla reposar en un vaso con agua. Me dio flojera levantarme a la cocina y en vez de eso, me quité los dientes y los escondí bajo la almohada.
Por la mañana me sentí despejada pero de pronto recordé lo de mis dientes faltantes. Sin embargo, al buscar bajo la cama lo único que hallé fueron cuatro monedas de cincuenta centavos. De momento, me quedé helada y patinando. Sin explicación, lo único que se me ocurrió fue buscar por toda la recámara la prótesis perdida. No la hallé.

Cuando me presenté en el trabajo, el jefe me preguntó sobre mis dientes y le dije simplemente que había perdido la prótesis. Con carcajadas, me dijo que si quería una nueva tendría que pagar por ella, y me reprendió por mi descuido. Todos mis compañeros se burlaron cuando no pude comer del sándwich submarino que nos trajeron a la junta en la oficina.

Cansada, de regreso a casa, me hice un licuado y lo bebí a falta de cena para paliar el hambre que tenía desde la tarde. Arropada y con la pijama puesta, observé por la ventana aquella luna. Fuera de la contaminación, pude contemplarla casi como aquellas noches de acampar en el campo con la familia, cuando hacía demasiado calor para dormir adentro, y por la mañana amanecía requete picada por los mosquitos. Ahora, con el aire acondicionado y a ventanas cerradas, avisté tras la ventana las luces de neón de los edificios.
Palpé bajo mi almohada, aún estaban allí esas estúpidas monedas de cobre. Pensé qué diablos estarían haciendo mis padres en estos momentos. Tal vez contando a mis sobrinos, de mis hermanos que se quedaron a vivir en el campo, esa misma tonta leyenda del ratón de los dientes... Contemplando quizás la misma luna, bajo las mismas estrellas, tan lejos de mí, aunque yo me encuentre bajo techo, y ellos al aire libre.
Toqué los costados de mi cama... Tenía tantas ganas de contárselo a alguien, cómo yo y mis hermanos nos lanzamos a un canal lleno de sanguijuelas a los ocho años. Cómo el perro de la casa nos salvó de unos bandidos que querían robarnos las gallinas. Cómo casi muero al perderme en los campos de trigo, hasta que mi papá me halló, a medianoche, acurrucada entre las espigas, y me reanimó con un poco de licor antes de volver a casa.
Sé que a mis papás les queda poco tiempo; tal vez debería ir a visitarlos. No, mejor los invito a mi nueva casa... y les pagaría el viaje.
Quizás sólo deba llamarles por teléfono.

Pero ahora me pongo a pensar: En este apartamento fumigaron hace un par de meses. No puede haber ratones... ¡Oh! ¡No puede ser! ¡Ya estoy desvariando otra vez!

FIN
30/03/2005 06:59 Enlace permanente. Tema: Otras Jaladas. Hay 1 comentario.

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ESTAS SON LAS SECCIONES QUE INCLUYO EN ESTE SITIO. DERÉ UN PASEO POR AQUÍ FRECUENTEMENTE PARA COMPILAR MÁS CRÓNICAS GRISES

ESCLAVO DEL HEMISFERIO IZQUIERDO

Ya llevo bastante tiempo así y sigo sin poder soportarlo... fue desde hace mucho durante esa expedición a la selva. La selva, esa estupidez: el desolado valle de la muerte, con ese calor insoportable, llena de plantas e insectos, una humedad que se condensa en las calcetas de uno y el incesante cantar de las aves... ¿Cómo acabé en ese maldito sitio? Yo estaba tan tranquilo en mi departamento, con mi tele de 80’’, mi sillón, Internet siempre disponible y mi refrigerador, pero ella tenía que venir a echarlo todo a perder.

Ella era lo opuesto a mí, entusiasta y llena de una vitalidad envidiable para cualquiera. La conocí en un desfile en que nos llevaron de acarreados. Yo estaba somnoliento y cansado por una fiesta, y ella estaba tan alegre. ¿Preservar las selvas vírgenes? ¿Qué clase de lema es ese? Ella pertenece a una agrupación ecologista, la Green Pizza o algo por el estilo, a mí me ofrecieron unos cupones para ir al desfile –Bueno, necesitaba la gasolina-. Caminé como zombie todo el trayecto incluso las incesantes vueltas.
Era un horrible ruidajo de los autos y los gritos de aquellos tontos que creían que la Tierra pertenecía aun a la Naturaleza. Recordé con gusto mi época en que cazaba venados y mi casa llena de trofeos, cabezas de reno, manos de gorila y otras cosas, en un safari clandestino al que me invitaron. Ciertamente estuvo muy divertido el ver sufrir a tanto animalejo de la creación y gané más vendiendo adornos hechos con la piel de mis presas que lo que costó ir al safari.
Como sea, el caso es que en cuanto terminara el desfile me iban a dar la gasolina, y no podía esperar. Al acabar la condenada caminata de más de tres horas sentía palpitar los pies más que el corazón y para reponerme, me fui de grapa a una comida que daban a los del desfile, pues no había desayunado aún, si no contamos la cerveza de la primera hora. Ella estaba allí sirviendo a todos la porquería de pizza vegetariana y me parece que a mí me hizo un guiño al momento de servirme, como sea, estaba fascinado con su belleza: senos medianos y redonditos como me gustan, cabello corto y ondulado, caderas ardientes y la cintura más bella que jamás haya visto hasta ahora. Era algo realmente precioso; mientras encadenaba a la lujuria le devolví la sonrisa y me empezó a devorar la apócrifa pizza -¿A quién se le ocurre ponerle en lugar de salami, rodajas de pepino?- aunque estaba tan mala.
Más tarde volví por la tercera rebanada y ella ya se veía algo cansada de servir tanto plato pero igual lo hizo con amabilidad. Me alejé del montón de activistas y cargando mi silla me fui a acabarme la pizza en otro lado.

Mientras esperaba al tipo que me iba a dar mi cupón no pude reprimirme y le fui a echar otro vistazo a la mujer: esta vez me pareció más bella que antes, enfundada en una playera de esas que no cubren el ombligo, unos shorts de mezclilla muy provocadores y encima un mandil que le daba una actitud más que juguetona. Pero lo que más me gustó fueron sus botas, eran bajas y de color negro, tacón alto y parecían ser realmente pesadas, de esas con las que uno sueña.
-¿Puedo ayudarte en algo?- me preguntó ella. No le contesté enseguida, pues aún estaba absorto en contemplar tanta belleza. –Ah, ¿Disculpa?-le dije. Ella repitió la pregunta. –No, nada... sólo andaba por aquí. Ella me sonrió tan linda como es. Como estaba tan ocupada sirviendo las pizzas no había podido comer, y me invitó a acompañarla.
Nos sentamos en un par de botes de pintura que la verdad estaban muy cómodos, y acomodamos los platos sobre una caja de cartón de un tamaño adecuado. -¿Eres activista desde hace mucho tiempo?- preguntó mi interlocutora. Estoy seguro que si llegaba a enterarse que yo no sólo no pertenecía a ninguna institución activista, sino que además detestaba ese tipo de actividades, jamás me hubiera vuelto a dirigir la palabra. Busqué en mi lista de respuestas convincentes y le respondí: -no, es mi primera ocasión. Creo que ella me creyó y comprobé que mi respuesta había sido adecuada cuando me contestó: -Eso explica por qué no te había visto antes. Hizo una pausa para dar una gran mordida a su pizza y prosiguió: -Yo soy miembro de Greenpeace desde hace cinco años, cuando tenía quince empecé a preocuparme por la situación ambiental. Qué bueno que tú también seas de los que podemos ayudar a salvar a nuestro planeta. ¡Eso sonó excesivamente estúpido! No hice más que reírme por dentro, pero casi me atraganto con la pizza. Tomé una actitud de oyente y mientras ella continuaba diciendo mil tonterías de las que no tenía ni la menor idea, me limité a acabarme la rebanada de pizza que me faltaba.
Ciertamente se notaba que ella estaba muy preocupada por la salud de la Tierra, y he aquí lo que me sorprendió. Tal como lo deseaba, lo dijo: -es una lástima que esté tanto tiempo en actividades tan cansadas, ni siquiera me dejan espacio a la vida sentimental. Casi muero de felicidad al escuchar tal cosa; estaba libre, y si lograba hacerla caer tal vez sería mía. Todo mejoró en ese mismo momento, cuando me lo preguntó: -Mañana tenemos una expedición al Amazonas, ¿Quieres venir con nosotros?. –Pues, es que no tengo dinero... - respondí sinceramente. –No, tontito, eres miembro de Greenpeace, la institución te pagará todo. Respondí que sí, un poco temeroso, pues yo no traía tarjeta de miembro, dado que no lo era. –mañana a las 6:00 de la mañana, de aquí nos vamos en helicóptero- me dijo extendiéndome una hoja con la dirección.
En ese momento vi al sujeto que me iba a dar el cupón, me despedí de la niña, tomé el plato de unicel que contenía mi pizza y me levanté. –hasta mañana – me dij4o la niña. Y juro que me guiñó con el ojo.

En mi departamento examiné las razones. Acababan de despedirme de la planta y ya no tenía nada más qué hacer decidí ir a la condenada cosa esa. Me llegó de suerte la gasolina, que aunque no de la que usaba normalmente, sino una que no contaminaba pero creaba un chirrido espantoso, me serviría para el auto. Quedaba un detalle: la credencial. ¿Cómo ser miembro de Green Peace sin serlo? Una membresía con fotografía podía llegar a acreditarte miembro. Rápidamente usé lo que me quedaba de tiempo de navegación antes de que me llegara el recibo para buscar en la Red el formato de credencial que se usaba. Lo bajé agregando una falsa firma del presidente de la institución y una foto mía y arreglado. La pregunta era ¿Caerían en la trampa? Sin duda era convincente pero nada aseguraba que no se dieran cuenta, de cualquier forma tenía un truco bajo la manga. Esa noche bebí un poco, me acababan de despedir de la planta y no tenía qué hacer sino planear una pequeña sorpresa contra ese maldito supervisor. Sin pensarlo, hice un brindis por la chica que acababa de conocer y me fui a dormir.

Ese maldito despertador sonó a las 5:30 y aunque algo crudo me levanté –aunque como zombie de nuevo- para ir al aeropuerto. Desayuné un café (bastante ácido por cierto) y sin llevarme nada subí al auto. ¡Estúpida gasolina ecologista!¡Ese maldito chillido es más que irritante cuando se trata de conducir resacoso. Al llegar allí estaba lo bola de hippies ecologistas, cantando con la cochina guitarra acústica sus canciones de protesta. Me perforaba el cerebro la más que aguda voz de una gorda que cantaba desentonada y no miento cuando digo que el instinto me sacudía a la acción de estrellarle la guitarra en la cabeza hasta romper ambas. Tomé una lata de Coca-cola que había en una hielera de allí cerca sin importarme de quién fuera y me la bebí lentamente. No quería hablar con nadie, y por más que busqué a la chica de la vez pasada no la encontraba, hasta que con un odioso estruendo comenzó a bajar el helicóptero que nos llevaría a la selva esa.
Me saludó bajando del helicóptero y me dijo que subiera. Le hice caso inmediatamente y me adelanté a cualquier otro para subir cerca del asiento de ella. Las turbulencias en el viaje fueron una delicia, pues varias veces pude acariciarla sin que ella se diera cuenta y así calmar mi enojo. Cuando el vehículo se estabilizó un poco dejó de hacer tanto ruido por extraño que parezca y pude platicar más a fondo con ella. –supongo que es la primera vez que vas a la selva ¿eh?- me dijo contenta mi amiga. –sí, así es – le dije ocultando esa cacería en el safari. –bueno, pues es un lugar majestuoso para los amantes de los animales... como yo- me dijo casi riendo – y espero que te guste. El viaje duró poco más de seis horas y estaba bastante sofocado por el calor, pero por suerte nos llevaron varias sodas, y de hecho me reí mucho cuando escuché a una mujer quejarse al decir que faltaba una.

La selva parecía como el jardín de la abuela, todo lleno de malezas y cuando pasabas por poco te saltaba una serpiente del descuidado césped. Desde que lo vi supe que iba a odiar ese maldito lugar. Los cantos de las aves tropicales me calaban hasta el cerebro y lo perforaban como un taladro, el calor más que penetrante, y muy húmedo y sobre todo una maldita plaga de ramitas en el piso que te rasguñaban en donde quiera que pisases. Tan pronto llegamos a la maldita cosa y bajamos, un hippie cincuentón empezó a pasarnos lista. Éramos como quince personas y al pase de lista, no mencionaron mi nombre. Yo suspiré aliviado pero la niña tuvo la desfachatez de indicarle al hippie: -oiga, él es nuevo. –claro, dime tu nombre, muchacho- dijo el sujeto con la mayor tranquilidad. Se lo dije y me apuntó en la lista... y ya; no tuve ni siquiera qué enseñarle la credencial ¡Caray! ¡Si así de fácil es infiltrarse en el Green Peace lo debí haber hecho desde hace mucho tiempo!. El tipo explicó todo lo que íbamos a hacer. Buscábamos cierto tipo de plantas, nos mostró las fotos y nos explicó qué hacer, desenterrar con todo cuidado las plantitas y meterlas en una bolsa de plástico (Pero asegurándonos de que la flor amarilla, en caso de haberla, sobresaliera de uno a uno punto cinco centímetros por el borde de la bolsa y que los pétalos interiores no estuvieran en contacto con el agua... ¡Qué ridiculez!), Etcétera. Fingí interés para sorprender a mi linda acompañante y cuando partimos a la “aventura” me dispuse a continuar con mi plan y a mostrarme lo más caballeroso posible. La ayudé a pasar por la selva y a cuidarse de los matorrales y ella, como siempre, decía “No te preocupes, puedo arreglármelas yo sola”. Yo respondía con la frase que me distingue: “Es mi deber ayudar a los demás” con tanta convicción como si en verdad lo pensara.

Conforme avanzábamos por la selva mi acompañante, que se llamaba Delfina (Bueno, no todo puede ser perfecto) me platicaba de mil jaladas de los ecologistas, que si el calentamiento de la tierra, el agujero de la capa de ozono, la intensa deforestación, y obviamente yo le daba la razón en todo lo que decía, pero conforme íbamos avanzando más hacia la zona donde se encontraba la condenada planta que estábamos buscando la conversación se puso un poco más escabrosa. Lo más importante que dijo empezó con estas palabras: -¿Ves las ruinas detrás de esos matorrales? Preciosas ¿no? Vamos entrando en una zona que antes perteneció a una tribu indígena de esta región. Son ruinas del palacio mayor, donde también se realizaban rituales y sacrificios humanos y animales.
Yo me impresioné un poco, pues fue un radical cambio de su tono de voz, ya que ahora lo decía casi susurrando y entre asustada y confidente. Continuó: -Los de Green Peace somos una organización de ayuda y conservación, y a muy pocos grupos se nos deja entrar en esta clase de lugares... este lugar es muy... ¿cómo se dice?... importante o algo así para los paleontólogos.
Nos adentramos un poco más a las ruinas y en efecto recogimos unas cinco plantas cada uno en las bolsas que llevábamos. Ella insistía en adentrarnos un poco más en las ruinas del palacio, y le hice caso, pues era un lugar oscurito y acogedor para estar con ella... gran error.
La Delfi se mostraba muy interesada en las incrustaciones de las paredes y los raros jeroglíficos inscritos en las mismas. Las escrituras de la piedra mostraban a lo que – decía ella- era un sacerdote del templo rodeado de soldados. Había otra figura como las de los soldados, pero un poco más robusta y en lugar de estar completamente “negra” mostraba unas extrañas líneas horizontales en su interior que recorrían toda su silueta, de pies a cabeza y de lado a lado; además tenía los pies muy juntos y sus brazos se encontraban cubriendo su pecho. Eso me pareció gracioso, pero empleé la mayoría de mi tiempo contemplando a la chica a mi lado, que me parecía cada vez más sensual e irresistible. En una de esas inspecciones se me ocurrió checarla de pies a cabeza, como las cámaras de las películas, cuando me fijé que la parte de más abajo de las paredes, la más cercana al piso, presentaba unas raras entradas, como las guaridas de ratón de las caricaturas, pero completamente rectangulares y más profundas. En una inspección más detallada del cuarto me di cuenta de que todas las paredes del cuarto (Que sólo eran dos, pues habíamos entrado a través de un portal que carecía de una llamada “puerta”, y el otro lado estaba adentrándose más a las profundidades de las ruinas... de hecho más que un cuarto podía parecer un túnel, pero muy chico) tenían las mismas entradas, y aunque algunas se hallaban cubiertas de un espeso musgo, se podía notar que estaban hechas de forma simétrica.
La chica, que al parecer estaba cada vez más fascinada por las ruinas, se dirigió a través del otro portal a profundizar en su aventura. Yo me mostraba un poco titubeante a seguir en ese lugar, pero ella me sonrió con un”vamos” y me guiñó el ojo... obviamente la seguí.

Avanzamos poco y pasamos por un jardín (que la verdad ya estaba todo feo y lleno de malezas) sin techo. Enfrente de nosotros estaba un inmenso portal. La chica se emocionó bastante y me señaló una inscripción en la parte de arriba del portal. Era una especie de criatura más que una inscripción, como una serpiente larga y bastante gorda, pero con rayas, esta vez verticales por lo que más parecía una grande y gorda lombriz. –Esa cosa representa a la muerte y a la locura. Este pueblo la consideraba como una gran lombriz que devoraba a las personas poco a poco –explicó mi acompañante. A mí me dio no sé qué la inscripción y más aún cuando escuché la explicación, pues siempre he tenido miedo a que me muerdan.
En ese instante la chica suspiró; me di cuenta pronto de por qué. El portal estaba bloqueado por una gran puerta de madera con candado que además tenía unas placas de metal a los lados.
Muy resignada me dijo: -¡qué mala suerte! Green Peace guarda una posición de protección a los patrimonios de los países que visita. Esta puerta es parte del patrimonio del país... estaríamos en problemas si la dañáramos.
Ella retrocedió enseguida pues al parecer no tenía planeado pasar. Yo me quedé mirando la puerta mientras ella retrocedía y me fijé en el aspecto de aquella cosa: la madera estaba ya muy gastada por los años e incluso devorada por las termitas por lo que era muy porosa; además el metal ya se había oxidado y se habían desprendido la mayor parte de los remaches que lo sujetaban. Me di cuenta que no lograría nada con ella si no le demostraba mi hombría y en ese momento lo hice. Se escuchó un gran crujido cuando pateé la puerta con todas mis fuerzas y ésta cayó al suelo destrozada por lo que ahora la luz podía ingresar a un cuarto con cientos de años de oscuridad. La chica me observó sin poder creer lo que había hecho. Sus ojos delataban una encrucijada entre el terror y el asombro, y luego de mirarme a los ojos, yo alcé una ceja con porte de triunfador diciendo: “sólo era una puerta”.
Parece que todo funcionó bien, pues de un salto la chica entró en aquel antiguo templo, mientras yo la escoltaba.
Lo primero que noté durante mi ingreso fueron las cavidades en la pared, similares a las que había visto en la otra habitación, sólo que más anchas y entre ellas vi esta vez revolotear unos ojitos que más me hicieron reír que darme miedo. Mi acompañante observaba mientras tanto los extraños dibujos en la pared del cuarto. Esta vez denotaban algo muy extraño. La gran lombriz que vimos en la entrada era sostenida por un hombre robusto con un gran penacho, mientras que una figura con líneas horizontales como el que vimos en la otra habitación se encontraba frente a tal hombre. Me pareció curioso, pero mi compañera no logró descifrar el significado de la ilustración. Tal vez se tratase de un exorcismo o algo por el estilo, pero ella no podía estar segura... simplemente porque jamás había visto algo así en toda su vida. Mi compañera parecía un poco frustrada, se levantó (estaba inclinada para poder leer mejor).

Llegué al punto de estar seguro de que algo había yo hecho bien cuando nuestros labios se tocaron y al rato nos fundimos en un apasionado beso. Fue exactamente como yo quería que fuese, y por fin pude tocarlas. Nada podía ser más perfecto, hasta que noté que ella lloraba. No la miré cara a cara, pero sí escuché todo lo que decía... ella me dijo que estaba muy sola o algo así, que era muy nerd, que había desperdiciado su vida sin encontrar el amor, y puras tonterías así... yo pensé: -ah, pobrecita, está muy loca la estúpida.- pero no le dije nada. Al fin era mía. Pasé mi vista alrededor de la habitación, para ver si no había nadie cerca y ahora sí podía hacer realidad mi otra fantasía. Me percaté de que los ojos de los agujeros en la pared se movían cada vez más rápido, pero bueno, no iba a permitir que eso me molestara.
Pero en cuanto la tomé de la cintura para empezar a desahogar la pasión, comencé a sentir algo extraño. Era algo largo y pegajoso que subía por mi hombro; traté de moverme, pero fue demasiado tarde, aquella cosa trepó rápidamente por mi cuello, y la sentí en mi sien, justo antes de sentir una gran presión en ella. No podía sino quedarme paralizado ante tal sensación. A continuación sentí la presión en mi oído, y luego sentí que algo entraba a través de él. La presión fue tanta que en ese instante estuve seguro: La cosa estaba entrando en mi oído. Entró enorme y pasó hasta atravesar todo el canal de mis huesos. Sentí entonces la más grande sensación de dolor que pueden imaginarse, por una centésima de segundo.
El escalofriante rictus produjo en mí un más que enorme pesar y me desplomé en el suelo del templo. Aún pude escuchar los gritos de pánico de mi acompañante.

Me desperté en la selva, en el campamento de los de Green Peace. Estaba en una camilla y los de la expedición me miraban todos. El hippie geriátrico parecía empeñado en introducirme vía oral una fórmula que según él “despertaría a los muertos”. Yo lo escuchaba todo. - Puras drogas- pensé. Sólo acerté a abrir los ojos cuando escuché a mi acompañante a mi lado. Todos me agobiaban con preguntas “¿Te sientes bien?” Asentí, porque era cierto. A pesar de todo me sentía casi normal, con excepción de una pequeña sensación palpitante en medio de los ojos. El hippie tosió, y sugirió: -parece que no ha sido nada grave, pero será mejor no correr riesgos-. Y dirigiéndose a mí: -joven, usted partirá inmediatamente en el helicóptero. Delfina sabe de enfermería, así que irá con usted.
La idea no me desagradó en lo más mínimo, pues además de irme por fin de la maldita selva, podría estar de nuevo con la chica.
Así fue, abordamos el helicóptero mientras nos alejábamos de la prisión verde. La primera media hora no dije nada, me limité a pensar qué fue lo que en realidad pasó en el templo. ¿Qué habría sido aquello? No lo sé, pero sea lo que fuese seguro que ya no estaba dentro de mi cabeza. Sí, la palpitación en mis ojos era cada vez menor, eso se pasaría pronto. Más tarde empecé a hablar con ella. Ella me explicó que no tendríamos problemas, pues me había llevado arrastrando hasta el campamento y nadie sospechaba que hubiéramos ido a las ruinas. Eso no me importó, pero sí lo que me dijo después: -Oye, por lo que pasó en las ruinas, lo siento, no sé en qué estaba pensando. Creo que estuvo mal en obligarte a hacer eso, pero... somos amigos ¿no?-. claro, le dije con una sonrisa. –genial- pensé –Lo único que me faltaba en la vida... una cobarde puritana-. Estaba seguro que no la volvería a ver. Sí, fue divertido, pero qué flojera estar con esa tonta. Parece una niñita.
Cuando llegamos a la ciudad me preguntó si quería que me llevara a casa. Ni siquiera me volteé para decirle que podía irme solo, ni para despedirme. Simplemente me fui caminando, subí al auto y me dirigí a mi apartamento. Al llegar aún estaba bastante confundido y me tiré a dormir en el sillón.

Dormí bien.

Al día siguiente me sentía muy extraño. Tenía la vista débil y la piel insensible. Sufría una migraña terrible en el hemisferio izquierdo, como las que me dan cuando bebo, pero esa vez no lo había hecho. Ni modo, tenía que empezar a buscar trabajo ese día o me iría bastante mal. Incluso había pensado en disfrazarme de conserje y darle una agradable sorpresa a mi ex-jefe de la planta, de forma que nadie se diera cuenta.
No había manera de levantarme de la cama. A menos claro, que me tomara un par de aspirinas, algo para las náuseas, una taza de café y, claro, un par de cervezas.

Por la tarde me sentí un poco mejor, pero a mitad de la calle me tomó por sorpresa la migraña, y no pude hacer nada menos que sentarme a ver si se me pasaba. No lo podía explicar de ninguna forma, sentía como si mi cabeza fuera a explotar dejándome solo en este mundo. Los sentidos comenzaron a deformarse de nuevo. Por momentos mis ojos ardían como brasas aún cuando los tenía cerrados, y mi oído parecía como si fuera una grabadora de precisión, pues hasta el roce de mis zapatos con el cemento provocaban en mí una sensación en extremo fuerte y escalofriante. Por momentos deseé que mi vida se acabara, pero justo a tiempo el dolor se calmó y pude volver a casa.

El dolor duró varios días; en ocasiones caminaba a mis anchas y me sentía de alguna forma muy tranquilo; entonces podía andar toda la calle como si nada más importara, y si bien tardaba más de cinco minutos en cruzar una calle, no encontraba qué hacer en momentos como esos.
Respecto al tema del tiempo, en ocasiones sentía que ya no estaba ligado a ataduras como esas. Podía caminar más lento que de costumbre, o hacerlo en vez de tomar un taxi, y llegaba siempre justo a tiempo, incluso podía ser más temprano. Algo que tampoco me lograba explicar era por qué en ese tipo de caminatas jamás me encontraba con otras personas en las calles.

Sí, eran cosas muy extrañas y esperanzadoras, pero duraban sólo durante ese día. Al día siguiente me sentí tan mal que me quedé en cama todo el día, pero sólo hasta la noche logré conciliar el sueño.
Me desperté desorientado y sin saber nada de lo que sucedía. Parece que dormí más de cinco días y en cuanto me levanté revisé el teléfono. Tenía muchos mensajes, todos de Delfina, preguntándome si quería ir con ella al EcoFórum de Tailandia. Estaba a punto de arrancar el teléfono de su conexión, cuando escuché tocar la puerta.
Era la casera, abrí la puerta y me dijo cosas muy locas. Su voz me crispaba los nervios. Quería que le pagara la renta, que me fuera de allí y al poco rato quería saber si la estaba escuchando. En ese momento empecé a sentir de nuevo una intensa migraña. Pude sentir cómo mi cerebro se movía y el hemisferio izquierdo comenzaba a gotear algo que, no comprobé, pero creo que escurría a través de mi oído.
El dolor era el mismo que sentí en el templo antes de desmayarme, pero ahora lo podía resistir, aunque se quedara en mi cabeza por más de cinco segundos, terminara y volviera a comenzar. Esta vez no podía aguantar más. Casi como en un sueño, corrí hacia la ventana y la atravesé de un salto. No pude sentirlo, pero sí verlo. Vi cómo las astillas de vidrio saltaban y se clavaban en mi cuerpo. Sentir como al caer del quinto piso me estrellaba contra un contenedor de basura metálico y oír cómo se rompían mis costillas al chocar con una bicicleta rota. Pude aún sentir cómo distintos líquidos se vertían en mi interior al colapsarse mis órganos internos. Y sin embargo, no presentaba dolor alguno. También me rompí un brazo pero no importaba, sólo me dolía la cabeza. El dolor no se detenía.

Todo cubierto de sangre salí a las calles, presa del dolor y la desesperación. Me es imposible describir mi agonía y poca sensibilidad en ese momento. Corrí lo más rápido que pude sin saber qué hacer. Al salir a las calles lo primero que vi delante de mi camino fue uno de esos malditos ejecutivos modernos... el muy infeliz con su look impecable y su estúpido y moderno celular con el tono de Nokia: ese tono ahora perforaba en los más profundos recovecos medulosos de mis maltrechos huesos y en mis ojos. En la carrera no pude soportarlo y le atesté un golpe en el rostro con mis nudillos. No escuché que gritara pero sí vi como sus gafas oscuras y sus dientes saltaban en pedazos.
Dejado atrás ese obstáculo me sentí complacido por un breve segundo, pero instantáneamente el dolor volvió y no encontré mayor remedio que salir corriendo y cruzar la calle.
El semáforo estaba en verde y todos los coches me pitaron... un taxista me gritó: “Quítate, pen...”; nunca debió de hacerlo. Su voz era la más aguda que había escuchado en años. Su grosería acarició mis fibras más sensibles y me recordó cómo en mi infancia unos conductores que atropellaron mi triciclo en algún momento me dijeron lo mismo.

Le miré amenazador y me hizo la seña de que me moviera. En lugar de eso di un salto hacia su vidrio y atesté al parabrisas tal golpe que incluso golpeé al maldito conductor y le rompí la nariz.
No conforme, me subí al techo del auto y lo aplasté con una fuerza que jamás me hubiera imaginado tener y lo hice pedazos.
De un salto a la banqueta sentí cómo el dolor volvía y vi un farol mostrando su inclinada silueta. Lo doblé de un solo golpe y con otro conseguí que volara hasta la calle en otra lluvia de vidrios. Luego destruí a golpes toda pared que encontrara y aún el concreto.

Habían transcurrido unos diez minutos y no podía soportarlo. Se creó un enfrascamiento en todo el boulevard en que me encontraba y todos miraban asustados cómo descargaba mi ira.
En eso los vi llegar... a los peores de todos: la prensa. Las camionetas de varios canales llegaron a ofrecer sus condenados boletines especiales y me grababan de distintos ángulos. Los vi acercarse a mí; los reporteros venían con unos guardaespaldas con armas de fuego y toda la cosa, y se peleaban como perros por obtener las mejores tomas. Entonces la vi: vi cómo mi ignota archinémesis bajaba de su camioneta con una sonrisa... ¡Era la maldita vieja que conducía Big Brother! Ahora sí me valieron madre los guardaespaldas y sus pistolitas. Corrí hacia ella y le estrellé la puerta en el rostro; no vi bien cómo le fue pero la ventanilla estaba salpicada de sangre.

Escuché las balas rozando mi espalda y sentí cómo mi fin estaba próximo... ¡¿Y qué?! Acababa de masacrar a la más irritante luminaria de TV y en Vivo... Estaba orgulloso.
Di un prodigioso salto hacia atrás y trepé en otro farol. Los vi: la guardia nacional me apuntaba e iluminaba con sus helicópteros y hasta un tanque. Todo marchaba bien, pero entonces el dolor se triplicó... me llevé las manos a las sienes y sentí un removimiento en mi cerebro, luego otra vez escurrió ese líquido y poco después noté que algo desde dentro de mi cerebro salía disparado hacia fuera a través de mi oído izquierdo. Toda mi visión se nubló y no pude hacer menos que desmayarme en la banqueta.

Ahora han pasado más de tres años desde eso y me encuentro en un lugar mejor... tal parece ser una prisión de gran seguridad combinada con manicomio. Ya todas mis heridas han sanado... No sé ya dónde estoy ni veo la TV ni nada, sólo descanso. La otra vez la vi por una ventana, era esa chica: habló con el guardia de la entrada, éste le negó el acceso y ella se marchó sollozando.
Este lugar es muy tranquilo, no lo cambiaría por nada.
Aquí me atienden bien, me dan comida todos los días... y aspirinas cada dos horas.

FIN

SOY DOOMERO

Cthulhu.jpgDebo admitirlo: Soy Doomero.
Así como debo admitir también que soy miope, que camino encorvado, hablo muy bajito y soy incomprensible. Pero a todo esto: ¿Qué Importa? Si estoy aquí es porque esí lo quiero... Y que la condenación me alcance.

OTRAS JALADAS

La chispa de la mente enciende la conexión con la esdtúpida y primitiva divinidad.
Cada vez que balbuceas, cantas sin saberte la letra, alimentas una red de sueños malviajados que nadie más quisiera escuchar.
Cuando escribes tonterías... Simplemente te condenas.
30/03/2005 01:10 Enlace permanente. Tema: Días Y Noches Grises. No hay comentarios. Comentar.


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