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LA LEYENDAMi familia vive lejos de mí, en un pueblito olvidado, de aroma a polvo y humedad. Decidí desde hace mucho alejarme de ellos. Detesté aquella maldita infancia, en que caminaba un par de kilómetros para llegar a la primaria; andaba descalza entre el pasto al que desarrollé alergia, y tenía que aguantar todas las noches los maullidos de los felinos silvestres y por las mañanas, el desaforado canto de los gallos. En ese lugar los tontos niños campesinos me tiraban piedras cuando volvía caminando de la escuela, con mi hermano el afeminado. Cenábamos todas las noches algunos restos de sopa o guisado de la tarde, reunida todas la familia en torno a una rudimentaria estufa de barro, que me hacía sudar hasta los tobillos. Mi padre, un arrugado campesino de viejas costumbres solía tocar las canciones más viejas y peregrinas que conocía, mientras mi desdentada madre nos narraba leyendas y tonterías recopiladas de sus padres y abuelos. Siendo la menor de los siete hermanos, me sentía una vil tontita, pues todos se reían, pensándome crédula de todas esas rancias leyendas leídas, comidas y vomitadas ya por varios miembros de mi familia.
Terminé con el suplicio cuando, al llegar el momento de cursar la secundaria, me largué lejos de allí, a una escuela técnica en la ciudad, donde me alojé en casa de una tía. Toda la comodidad que el desayuno de microondas, la televisión todo el día y el aire acondicionado me podían ofrecer, contribuyeron a asumir como una lejana pesadilla aquellos tiempos con mis padres. Admito que me creían una pueblerina los primeros años de la escuela, pero mi gusto por la vida sedentaria me ayudó a convertirme en una auténtica citadina.
Ya pasaron muchos años de eso. Ahora soy una profesionista, y vivo sola, en un apartamento en el último piso de un complejo de habitaciones. Trabajo en una oficina y no sé cocinar; Soy una soltera de veinticinco años y puedo darme todos los lujos que quiera.
Hace un par de meses, durante una noche de fiesta con mis ex compañeros de la universidad, decidí embriagarme y nadar desnuda en un arroyo junto a varios amigos. Contraje una fuerte pulmonía y pedí incapacidad en el trabajo por un mes. Por suerte, la medicina actual me salvó de perder mucho sueldo.
La semana pasada me pasó algo que no puedo catalogar mas que como patético. Como mi auto estaba en el taller, me vi obligada a utilizar el transporte público. Tranquila como me hallaba en el viaje, sin saber a qué riesgos me exponía, un imprevisto frenado del chofer me dejó flojos dos dientes delanteros. El estupendo plan dental de la compañía me pagó la extracción de las piezas dentales y una prótesis que me acompañaría el resto de mis días. Por la noche, de vuelta al apartamento, cené una ensalada que compré en un Subway y tras asegurar la puerta de mi recámara, me dispuse a dormir. Pasada medianoche, cuando me desperté a acomodar la almohada, recordé que las indicaciones del dentista fueron quitarme la dentadura y dejarla reposar en un vaso con agua. Me dio flojera levantarme a la cocina y en vez de eso, me quité los dientes y los escondí bajo la almohada. Por la mañana me sentí despejada pero de pronto recordé lo de mis dientes faltantes. Sin embargo, al buscar bajo la cama lo único que hallé fueron cuatro monedas de cincuenta centavos. De momento, me quedé helada y patinando. Sin explicación, lo único que se me ocurrió fue buscar por toda la recámara la prótesis perdida. No la hallé.
Cuando me presenté en el trabajo, el jefe me preguntó sobre mis dientes y le dije simplemente que había perdido la prótesis. Con carcajadas, me dijo que si quería una nueva tendría que pagar por ella, y me reprendió por mi descuido. Todos mis compañeros se burlaron cuando no pude comer del sándwich submarino que nos trajeron a la junta en la oficina.
Cansada, de regreso a casa, me hice un licuado y lo bebí a falta de cena para paliar el hambre que tenía desde la tarde. Arropada y con la pijama puesta, observé por la ventana aquella luna. Fuera de la contaminación, pude contemplarla casi como aquellas noches de acampar en el campo con la familia, cuando hacía demasiado calor para dormir adentro, y por la mañana amanecía requete picada por los mosquitos. Ahora, con el aire acondicionado y a ventanas cerradas, avisté tras la ventana las luces de neón de los edificios. Palpé bajo mi almohada, aún estaban allí esas estúpidas monedas de cobre. Pensé qué diablos estarían haciendo mis padres en estos momentos. Tal vez contando a mis sobrinos, de mis hermanos que se quedaron a vivir en el campo, esa misma tonta leyenda del ratón de los dientes... Contemplando quizás la misma luna, bajo las mismas estrellas, tan lejos de mí, aunque yo me encuentre bajo techo, y ellos al aire libre. Toqué los costados de mi cama... Tenía tantas ganas de contárselo a alguien, cómo yo y mis hermanos nos lanzamos a un canal lleno de sanguijuelas a los ocho años. Cómo el perro de la casa nos salvó de unos bandidos que querían robarnos las gallinas. Cómo casi muero al perderme en los campos de trigo, hasta que mi papá me halló, a medianoche, acurrucada entre las espigas, y me reanimó con un poco de licor antes de volver a casa. Sé que a mis papás les queda poco tiempo; tal vez debería ir a visitarlos. No, mejor los invito a mi nueva casa... y les pagaría el viaje. Quizás sólo deba llamarles por teléfono.
Pero ahora me pongo a pensar: En este apartamento fumigaron hace un par de meses. No puede haber ratones... ¡Oh! ¡No puede ser! ¡Ya estoy desvariando otra vez!
FIN 30/03/2005 06:59
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