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HISTORIAS SOBRENATURALES PARA NIÑOS Y NO TAN NIÑOS...

 

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04/05/2005

CRÓNICA DE UNA ENCUESTA

CRÓNICA DE UNA ENCUESTA

Salió sin rumbo fijo el reportero: necesitaba recopilar datos para su trabajo.
Vestimenta casual: impecable apariencia: una libreta en una mano, una grabadora en la otra. No salió muy lejos de su casa, a cuatro cuadras cuando mucho. El clima estaba nublado. Eran las seis de la tarde.
La primera casa que vio, y preguntó a quien parecía ser la ama de la casa. “no sé de qué está hablando”- dijo la señora. “No importa” –pensó el reportero- “Ignorantes hay en todas partes”.
La siguiente casa era cercana. Tocó la ventana, y la puerta no se abrió. Miró por la ventana: sólo alcanzó a ver a una muchacha, de adentro, llantos infantiles: era la hora de la comida. “¿niñera o madre prematura?”- se preguntó el entrevistador.
Tuvo que entrar por el pórtico de la siguiente casa para tocar la puerta. Era una señora cuarentona, pero se veía que cuidaba su salud. Lo invitó pasar. Él accedió un poco desganado. Aquella casa le traía recuerdos. La puerta rematada de madera como la de la casa del abuelo. Los pajarillos le parecían como de esos que sólo salen en las películas. El aroma a piso recién trapeado, como el de los abarrotes a los que el joven iba en su infancia. Se sentó en el sillón de la sala. “¿Café o té”? – preguntó la señora. “no gracias”- estoy haciendo un sondeo – ¿Puede responder estas preguntas?”- le dijo estirándole una hoja. La señora se tardó no menos de dos minutos en contestar impecablemente todo. El entrevistador agradeció y se fue. Mientras se alejaba notó que la señora salió a la puerta a observar cómo se marchaba. “Viuda solitaria”- pensó el joven para sus adentros.
Nueve y Veinte. “misión cumplida”- se felicitó al llegar a su apartamento. Faltaban tres días para navidad, pero él sólo pensaba en trabajar. Sin embargo no dudaba en qué quería de regalo. Encendió la televisión. Era el noticiero: pasaban un reportaje de Alberto Tinoco Guadarrama. “para allá voy”- dijo el joven en voz alta y sin dudar ni un segundo.
04/05/2005 02:59 Enlace permanente. Tema: Otras Jaladas Hay 2 comentarios.

17/04/2005

VISIÓN EMPRESARIAL

Recuerdo de hace unos cinco días, el hecho de haber salido de una reunión después de las 3 am. Sí, pasamos varias dificultades para alcanzar la culminación de nuestro proyecto; yo había malcomido durante algunas semanas, tampoco había dormido gran cosa que se diga, mi aspecto lucía descuidado y el aseo personal era sólo un sueño... Encima de todo me encontraba enfermo de una terrible gripe, pero no me importó, pues estábamos cerca de terminar nuestro tan ansiado proyecto. Por suerte, pude continuar a pesar de todo. En la escuela nos lo habían dicho, tendríamos qué trabajar muy duro, y no importando cómo fuera obtendría el éxito.
Llegando a mi hogar continué con el análisis de presupuestos y a checar si los balances iban bien. Una vez más, observé todo en perfecto orden y supe que al fin podía tomar vacación. Sin embargo, faltaban aún un par de trámites sencillos qué realizar, pero eso ya no era asunto mío, mi trabajo había acabado.
Incitado por la suave iluminación de mi departamento, parpadeé aliviado, y luego me tendí en un sillón para descansar los ojos por un momento.
¡Ah! Qué alivio tomar una pequeña siesta luego de tanto trabajo. La gripe me hacía sentir comatoso frecuentemente y pensé que, después de todo, no sería mala idea descansar. Me comencé a sentir lívido, algo como fuera de nuestra dimensión. No podía creer que pudiera ser tan placentero desahogarme así. Luego de un buen tiempo con los ojos cerrados, comencé a tener un sueño, una extraña visión, en que merodeaba por un cuarto oscuro, muy frío. Pero de pronto, la luz irrumpía por una puerta. Era una luz cálida y atrayente, y a través de la cuál sentía que una voz me llamaba por mi nombre. La luz se hacía más grande y llenaba el cuarto. Yo la vi. Una silueta se extendía por detrás de esa luz, y supe que era quien me llamaba. Caminé hacia la figura y ya tocaba su mano cuando algo me despertó.
El celular sonaba con insistencia, y cuando contesté me enteré que el trámite de una de las licencias se estaba dificultando. Era una mala noticia, y ponía en grave peligro el alcance final de nuestro gran proyecto. Tendría qué acudir a la oficina de gobierno a explicar cómo había estado el asunto. De volada colgué y me apresuré a buscar mi maletín para llevar los comprobantes con el contador. En mi búsqueda noté que un agrio aroma llenaba el cuarto. No había tiempo para buscar lo que fuese el causante (Quizás la pizza de hace dos semanas), debía apresurarme porque las oficinas tenían un horario reducido.
Al salir a buscar mi vehículo, los conductores me veían extraño. Sí, ya sé: había salido sin planchar el traje que llevaba puesto, luego de haber dormido con él puesto. Tampoco tuve tiempo de peinarme y llevaba varios días sin afeitarme. Por si fuera poco, ni siquiera tuve tiempo de verme al espejo, aunque claro: tenía que verme terrible.
El tráfico estuvo por suerte fluido y supuse que llegaría a tiempo. Sí, debió ser porque me pasé un alto.
Al fin llegué, y me apresuré hacia la fila. Todos se quedaron extrañados, pero me hicieron pasar a mí primero, creo que tengo buenos contactos. El contador me saludó no de muy buena gana, claro, ambos estábamos cansados por tan pesada semana. Al preguntar por las facturas, las extraje rápido y se las entregué. Tras hojearlas brevemente, me dijo que todo estaba perfecto y el asunto quedaba arreglado. Me estrechó la mano y me agradeció: “Es todo, su trabajo aquí ya terminó. Al fin puede descansar en paz”. Y me dormí en su escritorio.
FIN
17/04/2005 06:54 Enlace permanente. Tema: Otras Jaladas No hay comentarios. Comentar.

CHINCHE SALVAJE

I

Escondida en el material. La breve envoltura del bosque. Por donde no la ves y por todos otros lados merodea. Se esconde en la efímera gota de rocío lo mismo que bajo la tierra.
Color negro y envoltura de berenjena. Poderosas mandíbulas. Largas y duras antenas, que cosquillean al pie. Ocho patas de madera, tórax de acero; ojos de vidrio: dos espejos malditos y humeantes. No se le puede ver sin fascinación o repulsión: Es una mezcla de ambas.

II

Creada al tiempo de los grandes monstruos. Tan grande como ellos. La muerte no le afectó, y la humildad se le redujo. Impasible y reina del mundo, es una salvaje. Nada más y nada menos que eso. Una guerrera de brillante y pesada armadura, que en épocas primarias batallaba contra las débiles y asustadizas hormigas. Su alma era el escudo. De ojos orquestados y movimientos antihumanos. Del grupo que marchó y aún lo hace, en lucha por su territorio. De espíritu infinito e inquebrantable, caminaba destruyendo las insolentes partículas a su camino. Su salvajía e inocencia eran del mismo tamaño, como un arma de doble filo, que no se ofendía pero sí se vengaba.

III

Hermana de los escarabajos de potentes cuernos, fue venerada por los faraones. Las hormigas eran simples súbditos, adorables pero enfermizos, a cuya buena acción obtendrían siempre una amor y una sonrisa, pero el menor acto de rebeldía lo pagarían con la muerte. La chinche era como el faraón y sus consortes la acompañaban como portadoras de lo oculto; eran sus leales guerreros iguales en fuerza, pero no en espíritu, de la descendencia de los propios dioses, en letal cámara funeraria, aunque en permanente flujo y transferencia.
Y resultó amplio y cómodo el sarcófago, con la máxima fuerza jamás deseada. Resistencia de la roca y flexibilidad del pasto. Allí, como espiga, se mostraba inerme, expectante a la vista, la forma máxima: el escarabajo de oro, el pendiente que las reinas creían poseer pero si de esa forma fuese, ya estarían muertas junto con él.

IV

Destruyendo entre fuego, agua, maleza y piedras, abrieron los pasos. Las pequeñas inconformes fueron críticas; no podían soportar ser súbditas, se rebelaron. Los centuriones no tuvieron miedo, se mostraron crueles; el flagelo los atravesaba si fallaban en su misión. Alistan la mandíbula y se lanzan en guerra. Aplastaron a las ingratas literalmente, las redujeron a polvo más tarde con el fuego, el secreto heredado del Sol y sus antepasados. No cupo duda que las cosas ya no marchaban bien. De cierta forma acababan de perder, perder no su inocencia sino su seguridad. Salvajes, las chinches apresaron a la amenazadora reina iniciadora de la rebelión y le mordieron. El golpe fue excesivo a ella. Su vientre partióse desgarrado y cayeron en él sus sueños y su futuro, las larvas de sus sueños jamás cumplidos.

V

Lo que sucedía se repetiría más tarde, el faraón cayó del trono por cuenta propia. Frecuentemente se le mencionaba, pero la relevancia fue nula. La chinche salvaje dejó de preocuparse por sus súbditos. Sus centuriones, que jamás la abandonaran, huyeron con ella. La pirámide reducida quedaba así a tierra árida, de la cuál jamás podría volver a salir nada nuevo. Decepcionada, pero intacta, la chinche desvía sus pensamientos. Llovía en esa ocasión. No puede dejar de pensarlo, pero lo intenta; la gloria llega en ese momento, el brillo aúreo de su cofre divino ya no resonaría jamás en su palacio. Su caparazón seguía adentro: la simulación de su vida era llevada al extremo; ya no se le recordaría, bastaría dejarla sola en el presente, feroz vigilante de lo ajeno, no como la benevolente fuerza que en realidad había sido antes de la rebelión.

VI

Llovía entonces, cuando la gloria se manifestaba. En ese momento obtuvo su espíritu de primigenia, y dejando atrás todo lo consiguió: el mayor portento, el de los grandes poderes, la magia de la que tanto se hablaba. Todo quedó reducido desde ese momento. El cofre volvió a brillar, pero no en presencia de todos. La armadura de la chinche salvaje se acomodó en una virtud perfecta. Lo conseguía, el oro de su alma transcurriría durante el infinito, cuando en ese momento los misterios comenzaron a crearse con la apertura del cofre.

VII

Un resplandor iluminó las entrañas del infinito, y comenzó a esparcirse como una plaga venenosa. El fuego y el veneno escaparon de los ataúdes. Las grandes fuerzas se manifestaron al fin, tras el llamado de privacidad de la reina. El cofre se partió al fin en dos y mostró la realización de la divinidad, cuando el alma elevó su rostro en forma de eternidad.
Las alas se desplegaban, y no eran doradas, como era la armadura, sino del color melancólico de un veneno, el que no se puede apreciar a simple vista, era como la muerte. El zumbido se comenzó a dispersar desde el desierto, al tiempo que grandes llamaradas bajaban del cielo. Los centuriones la observaban pasivas, sabiendo que era lo que se les había encomendado. La lluvia no cesaba, cuando la chinche se comunicó en su acción. Abrió los ojos cuando vio lo que debía a hacer. Las alas se extendían hacia otros planos. Los súbditos hicieron lo mismo. La chinche miró a través de sus propios ojos para observarlo todo: ya no se le veía como generosa ni creadora, ahora la llamaban la gran resentida, la destructora y corrompida. No le importó, sólo los guerreros partícipes de su salvajía la adoraban, pero hablarle ya era inútil a la sabedora de todo: ya nada volvería a cambiar. Las alas de la chinche lo hicieron. Se elevaron y desaparecieron físicamente.

VIII

Luego de eso las fuerzas continuaron y poco a poco desaparecieron. El disco del cielo ya no los protegió: ahora no saldría. Más tarde vino el frío, uno que destruiría todo, helaría la sangre y pararía el corazón. Y allí estuvo, siempre estuvo allí, siempre. Incansable y victoriosa caminaba por la tierra; de cierta forma orgullosa, muy orgullosa. Indestructible, en todos lados. Entre las hojas, en las rocas, tendida, caminando y cuidando a sus sucesores. Si la ves, no se asustará: no bloqueará tu paso, andará sobre ti, te tocará el alma, te va a desgarrar la piel, sólo dejará tus huesos. Porque debe de hacerlo, así es su naturaleza, y sabe que lo es. Sólo cantará por las noches, sólo te mirará con sus espejos de la noche. Anidará donde pueda y no va a desaparecer jamás.

IX

Es una noche estrellada. La luna brilla ejerciendo su voluntad sobrenatural. Un joven duerme bajo las estrellas. Hace calor, en el bosque todos caminan. Un grupo de grillos canta, como de costumbre, pero es interrumpido; en ese momento se ve bajo las estrellas, entre los arbustos, el brillo dorado. Las luciérnagas huyen, sabiendo que su luz no se compara. Los ojos se vuelven lunas, el cofre se convierte en el cielo. Pronto las sombras se dispersan y entonces aparece, vencedora. La chinche se acerca a la tienda donde acampa el muchacho, y en un movimiento pacífico se abre paso a través de la tela. Lo observa de pies a cabeza, su piel pálida bajo la luna, su cuerpo débil y vulnerable. La chinche se posa en sus piernas. El joven se estremece aún dormido, por la rugosidad de las extremidades. La chiche ni se inmuta, sube por el vientre y se posa en su rostro. Le contempla respirar y se conmueve por su tranquilidad; está tan asqueada que retrocede.

Lentamente, el cofre se abre, la chinche despliega sus alas, se comienza a elevar y se dirige a su destino. Vuela, destrozando a todo insecto a su paso. Su silueta provoca temor a todo lo que la vea. El majestuoso vuelo muestra a la chinche su lado salvaje, una fuerza jamás experimentada, que es provocar el miedo a cada uno de forma distinta. Y a la luz de la luna, se aleja.
Al día siguiente el joven despierta. Ha dormido plácidamente y para él, nada ha pasado.
17/04/2005 03:23 Enlace permanente. Tema: Otras Jaladas No hay comentarios. Comentar.

06/04/2005

EL HOMBRE INCLINADO

Este hombre nació como cualquier otro
Con la “S” a sus espaldas
Respirando aliviado.

Al crecer, sus músculos se fortalecieron.
La leche hizo crecer sus huesos.
Jugaba feliz y sanamente.
Su vigor era su alma.

Más tarde, la responsabilidad.
El hombre dice: “enorme carga”.
El hombre se joroba.
Trata de llevar sus problemas pero no puede.

Sus músculos se debilitan.
Sus huesos se encogen.
Hombre no: es un arco.
Es un ángulo de dolor viviente.

Una terrible mañana despierta encorvado.
Se mira al espejo, se enjuaga en el lavabo.
Mira su rostro; aún el de un niño.
Está enojado, no es eso para él.

Camina hacia la escuela con su maletín.
Nuevamente se yergue tranquilizado.
Anda así todo el camino.
Pero al llegar a trabajar, la presión le agobia.
De regreso a casa, ya es otra vez la cuna.

Una vez en casa se acuesta.
Está muy cansado.
Los músculos hechos cuerdas;
Los huesos hechos polvo.
La mente hecha basura;
Y el alma hecha pedazos.

Al día siguiente vuelve a despertar.
Pero él ya no quería.

La misma rutina de siempre.
El hombre se encorva, ya es una “C”.
La presión le aplasta hasta sus sueños.
Míralo andar, qué espectáculo:
Ahora ya es una “U”.

No; ya no puede.
Recuerda cuando era niño, solía jugar.
Ya no se puede; el cansancio se lo impide.
Se postra en la calle, se encorva en el suelo.
Muerde el polvo, y finalmente, su columna
Se convierte en un arco que dispara su angustia al infinito.

A la mañana siguiente, le hayan en el pavimento.
Ven su columna en posición otra vez.
Ha completado la “S”.
La “U” ya es sólo un recuerdo.
El arco se relajó tras el disparo.
Sus huesos se encuentran estirados;
Y sus músculos están relajados;
Pero la mente desaparece;
Y el alma ya ha cruzado el tiempo y el espacio.

La columna ha quedado atrás;
ha quedado atrás el trabajo y el maletín.
Pero ha quedado atrás también el juego;
Y los huesos fuertes y los músculos.

Y, sin poder remediarlo,
El hombre inclinado se pregunta:
¿Habré sido feliz?
06/04/2005 03:04 Enlace permanente. Tema: Otras Jaladas Hay 1 comentario.

30/03/2005

LA LEYENDA

Mi familia vive lejos de mí, en un pueblito olvidado, de aroma a polvo y humedad. Decidí desde hace mucho alejarme de ellos.
Detesté aquella maldita infancia, en que caminaba un par de kilómetros para llegar a la primaria; andaba descalza entre el pasto al que desarrollé alergia, y tenía que aguantar todas las noches los maullidos de los felinos silvestres y por las mañanas, el desaforado canto de los gallos. En ese lugar los tontos niños campesinos me tiraban piedras cuando volvía caminando de la escuela, con mi hermano el afeminado.
Cenábamos todas las noches algunos restos de sopa o guisado de la tarde, reunida todas la familia en torno a una rudimentaria estufa de barro, que me hacía sudar hasta los tobillos. Mi padre, un arrugado campesino de viejas costumbres solía tocar las canciones más viejas y peregrinas que conocía, mientras mi desdentada madre nos narraba leyendas y tonterías recopiladas de sus padres y abuelos. Siendo la menor de los siete hermanos, me sentía una vil tontita, pues todos se reían, pensándome crédula de todas esas rancias leyendas leídas, comidas y vomitadas ya por varios miembros de mi familia.

Terminé con el suplicio cuando, al llegar el momento de cursar la secundaria, me largué lejos de allí, a una escuela técnica en la ciudad, donde me alojé en casa de una tía. Toda la comodidad que el desayuno de microondas, la televisión todo el día y el aire acondicionado me podían ofrecer, contribuyeron a asumir como una lejana pesadilla aquellos tiempos con mis padres. Admito que me creían una pueblerina los primeros años de la escuela, pero mi gusto por la vida sedentaria me ayudó a convertirme en una auténtica citadina.

Ya pasaron muchos años de eso. Ahora soy una profesionista, y vivo sola, en un apartamento en el último piso de un complejo de habitaciones. Trabajo en una oficina y no sé cocinar; Soy una soltera de veinticinco años y puedo darme todos los lujos que quiera.

Hace un par de meses, durante una noche de fiesta con mis ex compañeros de la universidad, decidí embriagarme y nadar desnuda en un arroyo junto a varios amigos. Contraje una fuerte pulmonía y pedí incapacidad en el trabajo por un mes. Por suerte, la medicina actual me salvó de perder mucho sueldo.

La semana pasada me pasó algo que no puedo catalogar mas que como patético. Como mi auto estaba en el taller, me vi obligada a utilizar el transporte público. Tranquila como me hallaba en el viaje, sin saber a qué riesgos me exponía, un imprevisto frenado del chofer me dejó flojos dos dientes delanteros. El estupendo plan dental de la compañía me pagó la extracción de las piezas dentales y una prótesis que me acompañaría el resto de mis días.
Por la noche, de vuelta al apartamento, cené una ensalada que compré en un Subway y tras asegurar la puerta de mi recámara, me dispuse a dormir. Pasada medianoche, cuando me desperté a acomodar la almohada, recordé que las indicaciones del dentista fueron quitarme la dentadura y dejarla reposar en un vaso con agua. Me dio flojera levantarme a la cocina y en vez de eso, me quité los dientes y los escondí bajo la almohada.
Por la mañana me sentí despejada pero de pronto recordé lo de mis dientes faltantes. Sin embargo, al buscar bajo la cama lo único que hallé fueron cuatro monedas de cincuenta centavos. De momento, me quedé helada y patinando. Sin explicación, lo único que se me ocurrió fue buscar por toda la recámara la prótesis perdida. No la hallé.

Cuando me presenté en el trabajo, el jefe me preguntó sobre mis dientes y le dije simplemente que había perdido la prótesis. Con carcajadas, me dijo que si quería una nueva tendría que pagar por ella, y me reprendió por mi descuido. Todos mis compañeros se burlaron cuando no pude comer del sándwich submarino que nos trajeron a la junta en la oficina.

Cansada, de regreso a casa, me hice un licuado y lo bebí a falta de cena para paliar el hambre que tenía desde la tarde. Arropada y con la pijama puesta, observé por la ventana aquella luna. Fuera de la contaminación, pude contemplarla casi como aquellas noches de acampar en el campo con la familia, cuando hacía demasiado calor para dormir adentro, y por la mañana amanecía requete picada por los mosquitos. Ahora, con el aire acondicionado y a ventanas cerradas, avisté tras la ventana las luces de neón de los edificios.
Palpé bajo mi almohada, aún estaban allí esas estúpidas monedas de cobre. Pensé qué diablos estarían haciendo mis padres en estos momentos. Tal vez contando a mis sobrinos, de mis hermanos que se quedaron a vivir en el campo, esa misma tonta leyenda del ratón de los dientes... Contemplando quizás la misma luna, bajo las mismas estrellas, tan lejos de mí, aunque yo me encuentre bajo techo, y ellos al aire libre.
Toqué los costados de mi cama... Tenía tantas ganas de contárselo a alguien, cómo yo y mis hermanos nos lanzamos a un canal lleno de sanguijuelas a los ocho años. Cómo el perro de la casa nos salvó de unos bandidos que querían robarnos las gallinas. Cómo casi muero al perderme en los campos de trigo, hasta que mi papá me halló, a medianoche, acurrucada entre las espigas, y me reanimó con un poco de licor antes de volver a casa.
Sé que a mis papás les queda poco tiempo; tal vez debería ir a visitarlos. No, mejor los invito a mi nueva casa... y les pagaría el viaje.
Quizás sólo deba llamarles por teléfono.

Pero ahora me pongo a pensar: En este apartamento fumigaron hace un par de meses. No puede haber ratones... ¡Oh! ¡No puede ser! ¡Ya estoy desvariando otra vez!

FIN
30/03/2005 06:59 Enlace permanente. Tema: Otras Jaladas Hay 1 comentario.


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