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ESTAS SON LAS SECCIONES QUE INCLUYO EN ESTE SITIO. DERÉ UN PASEO POR AQUÍ FRECUENTEMENTE PARA COMPILAR MÁS CRÓNICAS GRISES

ESCLAVO DEL HEMISFERIO IZQUIERDO

Ya llevo bastante tiempo así y sigo sin poder soportarlo... fue desde hace mucho durante esa expedición a la selva. La selva, esa estupidez: el desolado valle de la muerte, con ese calor insoportable, llena de plantas e insectos, una humedad que se condensa en las calcetas de uno y el incesante cantar de las aves... ¿Cómo acabé en ese maldito sitio? Yo estaba tan tranquilo en mi departamento, con mi tele de 80’’, mi sillón, Internet siempre disponible y mi refrigerador, pero ella tenía que venir a echarlo todo a perder.

Ella era lo opuesto a mí, entusiasta y llena de una vitalidad envidiable para cualquiera. La conocí en un desfile en que nos llevaron de acarreados. Yo estaba somnoliento y cansado por una fiesta, y ella estaba tan alegre. ¿Preservar las selvas vírgenes? ¿Qué clase de lema es ese? Ella pertenece a una agrupación ecologista, la Green Pizza o algo por el estilo, a mí me ofrecieron unos cupones para ir al desfile –Bueno, necesitaba la gasolina-. Caminé como zombie todo el trayecto incluso las incesantes vueltas.
Era un horrible ruidajo de los autos y los gritos de aquellos tontos que creían que la Tierra pertenecía aun a la Naturaleza. Recordé con gusto mi época en que cazaba venados y mi casa llena de trofeos, cabezas de reno, manos de gorila y otras cosas, en un safari clandestino al que me invitaron. Ciertamente estuvo muy divertido el ver sufrir a tanto animalejo de la creación y gané más vendiendo adornos hechos con la piel de mis presas que lo que costó ir al safari.
Como sea, el caso es que en cuanto terminara el desfile me iban a dar la gasolina, y no podía esperar. Al acabar la condenada caminata de más de tres horas sentía palpitar los pies más que el corazón y para reponerme, me fui de grapa a una comida que daban a los del desfile, pues no había desayunado aún, si no contamos la cerveza de la primera hora. Ella estaba allí sirviendo a todos la porquería de pizza vegetariana y me parece que a mí me hizo un guiño al momento de servirme, como sea, estaba fascinado con su belleza: senos medianos y redonditos como me gustan, cabello corto y ondulado, caderas ardientes y la cintura más bella que jamás haya visto hasta ahora. Era algo realmente precioso; mientras encadenaba a la lujuria le devolví la sonrisa y me empezó a devorar la apócrifa pizza -¿A quién se le ocurre ponerle en lugar de salami, rodajas de pepino?- aunque estaba tan mala.
Más tarde volví por la tercera rebanada y ella ya se veía algo cansada de servir tanto plato pero igual lo hizo con amabilidad. Me alejé del montón de activistas y cargando mi silla me fui a acabarme la pizza en otro lado.

Mientras esperaba al tipo que me iba a dar mi cupón no pude reprimirme y le fui a echar otro vistazo a la mujer: esta vez me pareció más bella que antes, enfundada en una playera de esas que no cubren el ombligo, unos shorts de mezclilla muy provocadores y encima un mandil que le daba una actitud más que juguetona. Pero lo que más me gustó fueron sus botas, eran bajas y de color negro, tacón alto y parecían ser realmente pesadas, de esas con las que uno sueña.
-¿Puedo ayudarte en algo?- me preguntó ella. No le contesté enseguida, pues aún estaba absorto en contemplar tanta belleza. –Ah, ¿Disculpa?-le dije. Ella repitió la pregunta. –No, nada... sólo andaba por aquí. Ella me sonrió tan linda como es. Como estaba tan ocupada sirviendo las pizzas no había podido comer, y me invitó a acompañarla.
Nos sentamos en un par de botes de pintura que la verdad estaban muy cómodos, y acomodamos los platos sobre una caja de cartón de un tamaño adecuado. -¿Eres activista desde hace mucho tiempo?- preguntó mi interlocutora. Estoy seguro que si llegaba a enterarse que yo no sólo no pertenecía a ninguna institución activista, sino que además detestaba ese tipo de actividades, jamás me hubiera vuelto a dirigir la palabra. Busqué en mi lista de respuestas convincentes y le respondí: -no, es mi primera ocasión. Creo que ella me creyó y comprobé que mi respuesta había sido adecuada cuando me contestó: -Eso explica por qué no te había visto antes. Hizo una pausa para dar una gran mordida a su pizza y prosiguió: -Yo soy miembro de Greenpeace desde hace cinco años, cuando tenía quince empecé a preocuparme por la situación ambiental. Qué bueno que tú también seas de los que podemos ayudar a salvar a nuestro planeta. ¡Eso sonó excesivamente estúpido! No hice más que reírme por dentro, pero casi me atraganto con la pizza. Tomé una actitud de oyente y mientras ella continuaba diciendo mil tonterías de las que no tenía ni la menor idea, me limité a acabarme la rebanada de pizza que me faltaba.
Ciertamente se notaba que ella estaba muy preocupada por la salud de la Tierra, y he aquí lo que me sorprendió. Tal como lo deseaba, lo dijo: -es una lástima que esté tanto tiempo en actividades tan cansadas, ni siquiera me dejan espacio a la vida sentimental. Casi muero de felicidad al escuchar tal cosa; estaba libre, y si lograba hacerla caer tal vez sería mía. Todo mejoró en ese mismo momento, cuando me lo preguntó: -Mañana tenemos una expedición al Amazonas, ¿Quieres venir con nosotros?. –Pues, es que no tengo dinero... - respondí sinceramente. –No, tontito, eres miembro de Greenpeace, la institución te pagará todo. Respondí que sí, un poco temeroso, pues yo no traía tarjeta de miembro, dado que no lo era. –mañana a las 6:00 de la mañana, de aquí nos vamos en helicóptero- me dijo extendiéndome una hoja con la dirección.
En ese momento vi al sujeto que me iba a dar el cupón, me despedí de la niña, tomé el plato de unicel que contenía mi pizza y me levanté. –hasta mañana – me dij4o la niña. Y juro que me guiñó con el ojo.

En mi departamento examiné las razones. Acababan de despedirme de la planta y ya no tenía nada más qué hacer decidí ir a la condenada cosa esa. Me llegó de suerte la gasolina, que aunque no de la que usaba normalmente, sino una que no contaminaba pero creaba un chirrido espantoso, me serviría para el auto. Quedaba un detalle: la credencial. ¿Cómo ser miembro de Green Peace sin serlo? Una membresía con fotografía podía llegar a acreditarte miembro. Rápidamente usé lo que me quedaba de tiempo de navegación antes de que me llegara el recibo para buscar en la Red el formato de credencial que se usaba. Lo bajé agregando una falsa firma del presidente de la institución y una foto mía y arreglado. La pregunta era ¿Caerían en la trampa? Sin duda era convincente pero nada aseguraba que no se dieran cuenta, de cualquier forma tenía un truco bajo la manga. Esa noche bebí un poco, me acababan de despedir de la planta y no tenía qué hacer sino planear una pequeña sorpresa contra ese maldito supervisor. Sin pensarlo, hice un brindis por la chica que acababa de conocer y me fui a dormir.

Ese maldito despertador sonó a las 5:30 y aunque algo crudo me levanté –aunque como zombie de nuevo- para ir al aeropuerto. Desayuné un café (bastante ácido por cierto) y sin llevarme nada subí al auto. ¡Estúpida gasolina ecologista!¡Ese maldito chillido es más que irritante cuando se trata de conducir resacoso. Al llegar allí estaba lo bola de hippies ecologistas, cantando con la cochina guitarra acústica sus canciones de protesta. Me perforaba el cerebro la más que aguda voz de una gorda que cantaba desentonada y no miento cuando digo que el instinto me sacudía a la acción de estrellarle la guitarra en la cabeza hasta romper ambas. Tomé una lata de Coca-cola que había en una hielera de allí cerca sin importarme de quién fuera y me la bebí lentamente. No quería hablar con nadie, y por más que busqué a la chica de la vez pasada no la encontraba, hasta que con un odioso estruendo comenzó a bajar el helicóptero que nos llevaría a la selva esa.
Me saludó bajando del helicóptero y me dijo que subiera. Le hice caso inmediatamente y me adelanté a cualquier otro para subir cerca del asiento de ella. Las turbulencias en el viaje fueron una delicia, pues varias veces pude acariciarla sin que ella se diera cuenta y así calmar mi enojo. Cuando el vehículo se estabilizó un poco dejó de hacer tanto ruido por extraño que parezca y pude platicar más a fondo con ella. –supongo que es la primera vez que vas a la selva ¿eh?- me dijo contenta mi amiga. –sí, así es – le dije ocultando esa cacería en el safari. –bueno, pues es un lugar majestuoso para los amantes de los animales... como yo- me dijo casi riendo – y espero que te guste. El viaje duró poco más de seis horas y estaba bastante sofocado por el calor, pero por suerte nos llevaron varias sodas, y de hecho me reí mucho cuando escuché a una mujer quejarse al decir que faltaba una.

La selva parecía como el jardín de la abuela, todo lleno de malezas y cuando pasabas por poco te saltaba una serpiente del descuidado césped. Desde que lo vi supe que iba a odiar ese maldito lugar. Los cantos de las aves tropicales me calaban hasta el cerebro y lo perforaban como un taladro, el calor más que penetrante, y muy húmedo y sobre todo una maldita plaga de ramitas en el piso que te rasguñaban en donde quiera que pisases. Tan pronto llegamos a la maldita cosa y bajamos, un hippie cincuentón empezó a pasarnos lista. Éramos como quince personas y al pase de lista, no mencionaron mi nombre. Yo suspiré aliviado pero la niña tuvo la desfachatez de indicarle al hippie: -oiga, él es nuevo. –claro, dime tu nombre, muchacho- dijo el sujeto con la mayor tranquilidad. Se lo dije y me apuntó en la lista... y ya; no tuve ni siquiera qué enseñarle la credencial ¡Caray! ¡Si así de fácil es infiltrarse en el Green Peace lo debí haber hecho desde hace mucho tiempo!. El tipo explicó todo lo que íbamos a hacer. Buscábamos cierto tipo de plantas, nos mostró las fotos y nos explicó qué hacer, desenterrar con todo cuidado las plantitas y meterlas en una bolsa de plástico (Pero asegurándonos de que la flor amarilla, en caso de haberla, sobresaliera de uno a uno punto cinco centímetros por el borde de la bolsa y que los pétalos interiores no estuvieran en contacto con el agua... ¡Qué ridiculez!), Etcétera. Fingí interés para sorprender a mi linda acompañante y cuando partimos a la “aventura” me dispuse a continuar con mi plan y a mostrarme lo más caballeroso posible. La ayudé a pasar por la selva y a cuidarse de los matorrales y ella, como siempre, decía “No te preocupes, puedo arreglármelas yo sola”. Yo respondía con la frase que me distingue: “Es mi deber ayudar a los demás” con tanta convicción como si en verdad lo pensara.

Conforme avanzábamos por la selva mi acompañante, que se llamaba Delfina (Bueno, no todo puede ser perfecto) me platicaba de mil jaladas de los ecologistas, que si el calentamiento de la tierra, el agujero de la capa de ozono, la intensa deforestación, y obviamente yo le daba la razón en todo lo que decía, pero conforme íbamos avanzando más hacia la zona donde se encontraba la condenada planta que estábamos buscando la conversación se puso un poco más escabrosa. Lo más importante que dijo empezó con estas palabras: -¿Ves las ruinas detrás de esos matorrales? Preciosas ¿no? Vamos entrando en una zona que antes perteneció a una tribu indígena de esta región. Son ruinas del palacio mayor, donde también se realizaban rituales y sacrificios humanos y animales.
Yo me impresioné un poco, pues fue un radical cambio de su tono de voz, ya que ahora lo decía casi susurrando y entre asustada y confidente. Continuó: -Los de Green Peace somos una organización de ayuda y conservación, y a muy pocos grupos se nos deja entrar en esta clase de lugares... este lugar es muy... ¿cómo se dice?... importante o algo así para los paleontólogos.
Nos adentramos un poco más a las ruinas y en efecto recogimos unas cinco plantas cada uno en las bolsas que llevábamos. Ella insistía en adentrarnos un poco más en las ruinas del palacio, y le hice caso, pues era un lugar oscurito y acogedor para estar con ella... gran error.
La Delfi se mostraba muy interesada en las incrustaciones de las paredes y los raros jeroglíficos inscritos en las mismas. Las escrituras de la piedra mostraban a lo que – decía ella- era un sacerdote del templo rodeado de soldados. Había otra figura como las de los soldados, pero un poco más robusta y en lugar de estar completamente “negra” mostraba unas extrañas líneas horizontales en su interior que recorrían toda su silueta, de pies a cabeza y de lado a lado; además tenía los pies muy juntos y sus brazos se encontraban cubriendo su pecho. Eso me pareció gracioso, pero empleé la mayoría de mi tiempo contemplando a la chica a mi lado, que me parecía cada vez más sensual e irresistible. En una de esas inspecciones se me ocurrió checarla de pies a cabeza, como las cámaras de las películas, cuando me fijé que la parte de más abajo de las paredes, la más cercana al piso, presentaba unas raras entradas, como las guaridas de ratón de las caricaturas, pero completamente rectangulares y más profundas. En una inspección más detallada del cuarto me di cuenta de que todas las paredes del cuarto (Que sólo eran dos, pues habíamos entrado a través de un portal que carecía de una llamada “puerta”, y el otro lado estaba adentrándose más a las profundidades de las ruinas... de hecho más que un cuarto podía parecer un túnel, pero muy chico) tenían las mismas entradas, y aunque algunas se hallaban cubiertas de un espeso musgo, se podía notar que estaban hechas de forma simétrica.
La chica, que al parecer estaba cada vez más fascinada por las ruinas, se dirigió a través del otro portal a profundizar en su aventura. Yo me mostraba un poco titubeante a seguir en ese lugar, pero ella me sonrió con un”vamos” y me guiñó el ojo... obviamente la seguí.

Avanzamos poco y pasamos por un jardín (que la verdad ya estaba todo feo y lleno de malezas) sin techo. Enfrente de nosotros estaba un inmenso portal. La chica se emocionó bastante y me señaló una inscripción en la parte de arriba del portal. Era una especie de criatura más que una inscripción, como una serpiente larga y bastante gorda, pero con rayas, esta vez verticales por lo que más parecía una grande y gorda lombriz. –Esa cosa representa a la muerte y a la locura. Este pueblo la consideraba como una gran lombriz que devoraba a las personas poco a poco –explicó mi acompañante. A mí me dio no sé qué la inscripción y más aún cuando escuché la explicación, pues siempre he tenido miedo a que me muerdan.
En ese instante la chica suspiró; me di cuenta pronto de por qué. El portal estaba bloqueado por una gran puerta de madera con candado que además tenía unas placas de metal a los lados.
Muy resignada me dijo: -¡qué mala suerte! Green Peace guarda una posición de protección a los patrimonios de los países que visita. Esta puerta es parte del patrimonio del país... estaríamos en problemas si la dañáramos.
Ella retrocedió enseguida pues al parecer no tenía planeado pasar. Yo me quedé mirando la puerta mientras ella retrocedía y me fijé en el aspecto de aquella cosa: la madera estaba ya muy gastada por los años e incluso devorada por las termitas por lo que era muy porosa; además el metal ya se había oxidado y se habían desprendido la mayor parte de los remaches que lo sujetaban. Me di cuenta que no lograría nada con ella si no le demostraba mi hombría y en ese momento lo hice. Se escuchó un gran crujido cuando pateé la puerta con todas mis fuerzas y ésta cayó al suelo destrozada por lo que ahora la luz podía ingresar a un cuarto con cientos de años de oscuridad. La chica me observó sin poder creer lo que había hecho. Sus ojos delataban una encrucijada entre el terror y el asombro, y luego de mirarme a los ojos, yo alcé una ceja con porte de triunfador diciendo: “sólo era una puerta”.
Parece que todo funcionó bien, pues de un salto la chica entró en aquel antiguo templo, mientras yo la escoltaba.
Lo primero que noté durante mi ingreso fueron las cavidades en la pared, similares a las que había visto en la otra habitación, sólo que más anchas y entre ellas vi esta vez revolotear unos ojitos que más me hicieron reír que darme miedo. Mi acompañante observaba mientras tanto los extraños dibujos en la pared del cuarto. Esta vez denotaban algo muy extraño. La gran lombriz que vimos en la entrada era sostenida por un hombre robusto con un gran penacho, mientras que una figura con líneas horizontales como el que vimos en la otra habitación se encontraba frente a tal hombre. Me pareció curioso, pero mi compañera no logró descifrar el significado de la ilustración. Tal vez se tratase de un exorcismo o algo por el estilo, pero ella no podía estar segura... simplemente porque jamás había visto algo así en toda su vida. Mi compañera parecía un poco frustrada, se levantó (estaba inclinada para poder leer mejor).

Llegué al punto de estar seguro de que algo había yo hecho bien cuando nuestros labios se tocaron y al rato nos fundimos en un apasionado beso. Fue exactamente como yo quería que fuese, y por fin pude tocarlas. Nada podía ser más perfecto, hasta que noté que ella lloraba. No la miré cara a cara, pero sí escuché todo lo que decía... ella me dijo que estaba muy sola o algo así, que era muy nerd, que había desperdiciado su vida sin encontrar el amor, y puras tonterías así... yo pensé: -ah, pobrecita, está muy loca la estúpida.- pero no le dije nada. Al fin era mía. Pasé mi vista alrededor de la habitación, para ver si no había nadie cerca y ahora sí podía hacer realidad mi otra fantasía. Me percaté de que los ojos de los agujeros en la pared se movían cada vez más rápido, pero bueno, no iba a permitir que eso me molestara.
Pero en cuanto la tomé de la cintura para empezar a desahogar la pasión, comencé a sentir algo extraño. Era algo largo y pegajoso que subía por mi hombro; traté de moverme, pero fue demasiado tarde, aquella cosa trepó rápidamente por mi cuello, y la sentí en mi sien, justo antes de sentir una gran presión en ella. No podía sino quedarme paralizado ante tal sensación. A continuación sentí la presión en mi oído, y luego sentí que algo entraba a través de él. La presión fue tanta que en ese instante estuve seguro: La cosa estaba entrando en mi oído. Entró enorme y pasó hasta atravesar todo el canal de mis huesos. Sentí entonces la más grande sensación de dolor que pueden imaginarse, por una centésima de segundo.
El escalofriante rictus produjo en mí un más que enorme pesar y me desplomé en el suelo del templo. Aún pude escuchar los gritos de pánico de mi acompañante.

Me desperté en la selva, en el campamento de los de Green Peace. Estaba en una camilla y los de la expedición me miraban todos. El hippie geriátrico parecía empeñado en introducirme vía oral una fórmula que según él “despertaría a los muertos”. Yo lo escuchaba todo. - Puras drogas- pensé. Sólo acerté a abrir los ojos cuando escuché a mi acompañante a mi lado. Todos me agobiaban con preguntas “¿Te sientes bien?” Asentí, porque era cierto. A pesar de todo me sentía casi normal, con excepción de una pequeña sensación palpitante en medio de los ojos. El hippie tosió, y sugirió: -parece que no ha sido nada grave, pero será mejor no correr riesgos-. Y dirigiéndose a mí: -joven, usted partirá inmediatamente en el helicóptero. Delfina sabe de enfermería, así que irá con usted.
La idea no me desagradó en lo más mínimo, pues además de irme por fin de la maldita selva, podría estar de nuevo con la chica.
Así fue, abordamos el helicóptero mientras nos alejábamos de la prisión verde. La primera media hora no dije nada, me limité a pensar qué fue lo que en realidad pasó en el templo. ¿Qué habría sido aquello? No lo sé, pero sea lo que fuese seguro que ya no estaba dentro de mi cabeza. Sí, la palpitación en mis ojos era cada vez menor, eso se pasaría pronto. Más tarde empecé a hablar con ella. Ella me explicó que no tendríamos problemas, pues me había llevado arrastrando hasta el campamento y nadie sospechaba que hubiéramos ido a las ruinas. Eso no me importó, pero sí lo que me dijo después: -Oye, por lo que pasó en las ruinas, lo siento, no sé en qué estaba pensando. Creo que estuvo mal en obligarte a hacer eso, pero... somos amigos ¿no?-. claro, le dije con una sonrisa. –genial- pensé –Lo único que me faltaba en la vida... una cobarde puritana-. Estaba seguro que no la volvería a ver. Sí, fue divertido, pero qué flojera estar con esa tonta. Parece una niñita.
Cuando llegamos a la ciudad me preguntó si quería que me llevara a casa. Ni siquiera me volteé para decirle que podía irme solo, ni para despedirme. Simplemente me fui caminando, subí al auto y me dirigí a mi apartamento. Al llegar aún estaba bastante confundido y me tiré a dormir en el sillón.

Dormí bien.

Al día siguiente me sentía muy extraño. Tenía la vista débil y la piel insensible. Sufría una migraña terrible en el hemisferio izquierdo, como las que me dan cuando bebo, pero esa vez no lo había hecho. Ni modo, tenía que empezar a buscar trabajo ese día o me iría bastante mal. Incluso había pensado en disfrazarme de conserje y darle una agradable sorpresa a mi ex-jefe de la planta, de forma que nadie se diera cuenta.
No había manera de levantarme de la cama. A menos claro, que me tomara un par de aspirinas, algo para las náuseas, una taza de café y, claro, un par de cervezas.

Por la tarde me sentí un poco mejor, pero a mitad de la calle me tomó por sorpresa la migraña, y no pude hacer nada menos que sentarme a ver si se me pasaba. No lo podía explicar de ninguna forma, sentía como si mi cabeza fuera a explotar dejándome solo en este mundo. Los sentidos comenzaron a deformarse de nuevo. Por momentos mis ojos ardían como brasas aún cuando los tenía cerrados, y mi oído parecía como si fuera una grabadora de precisión, pues hasta el roce de mis zapatos con el cemento provocaban en mí una sensación en extremo fuerte y escalofriante. Por momentos deseé que mi vida se acabara, pero justo a tiempo el dolor se calmó y pude volver a casa.

El dolor duró varios días; en ocasiones caminaba a mis anchas y me sentía de alguna forma muy tranquilo; entonces podía andar toda la calle como si nada más importara, y si bien tardaba más de cinco minutos en cruzar una calle, no encontraba qué hacer en momentos como esos.
Respecto al tema del tiempo, en ocasiones sentía que ya no estaba ligado a ataduras como esas. Podía caminar más lento que de costumbre, o hacerlo en vez de tomar un taxi, y llegaba siempre justo a tiempo, incluso podía ser más temprano. Algo que tampoco me lograba explicar era por qué en ese tipo de caminatas jamás me encontraba con otras personas en las calles.

Sí, eran cosas muy extrañas y esperanzadoras, pero duraban sólo durante ese día. Al día siguiente me sentí tan mal que me quedé en cama todo el día, pero sólo hasta la noche logré conciliar el sueño.
Me desperté desorientado y sin saber nada de lo que sucedía. Parece que dormí más de cinco días y en cuanto me levanté revisé el teléfono. Tenía muchos mensajes, todos de Delfina, preguntándome si quería ir con ella al EcoFórum de Tailandia. Estaba a punto de arrancar el teléfono de su conexión, cuando escuché tocar la puerta.
Era la casera, abrí la puerta y me dijo cosas muy locas. Su voz me crispaba los nervios. Quería que le pagara la renta, que me fuera de allí y al poco rato quería saber si la estaba escuchando. En ese momento empecé a sentir de nuevo una intensa migraña. Pude sentir cómo mi cerebro se movía y el hemisferio izquierdo comenzaba a gotear algo que, no comprobé, pero creo que escurría a través de mi oído.
El dolor era el mismo que sentí en el templo antes de desmayarme, pero ahora lo podía resistir, aunque se quedara en mi cabeza por más de cinco segundos, terminara y volviera a comenzar. Esta vez no podía aguantar más. Casi como en un sueño, corrí hacia la ventana y la atravesé de un salto. No pude sentirlo, pero sí verlo. Vi cómo las astillas de vidrio saltaban y se clavaban en mi cuerpo. Sentir como al caer del quinto piso me estrellaba contra un contenedor de basura metálico y oír cómo se rompían mis costillas al chocar con una bicicleta rota. Pude aún sentir cómo distintos líquidos se vertían en mi interior al colapsarse mis órganos internos. Y sin embargo, no presentaba dolor alguno. También me rompí un brazo pero no importaba, sólo me dolía la cabeza. El dolor no se detenía.

Todo cubierto de sangre salí a las calles, presa del dolor y la desesperación. Me es imposible describir mi agonía y poca sensibilidad en ese momento. Corrí lo más rápido que pude sin saber qué hacer. Al salir a las calles lo primero que vi delante de mi camino fue uno de esos malditos ejecutivos modernos... el muy infeliz con su look impecable y su estúpido y moderno celular con el tono de Nokia: ese tono ahora perforaba en los más profundos recovecos medulosos de mis maltrechos huesos y en mis ojos. En la carrera no pude soportarlo y le atesté un golpe en el rostro con mis nudillos. No escuché que gritara pero sí vi como sus gafas oscuras y sus dientes saltaban en pedazos.
Dejado atrás ese obstáculo me sentí complacido por un breve segundo, pero instantáneamente el dolor volvió y no encontré mayor remedio que salir corriendo y cruzar la calle.
El semáforo estaba en verde y todos los coches me pitaron... un taxista me gritó: “Quítate, pen...”; nunca debió de hacerlo. Su voz era la más aguda que había escuchado en años. Su grosería acarició mis fibras más sensibles y me recordó cómo en mi infancia unos conductores que atropellaron mi triciclo en algún momento me dijeron lo mismo.

Le miré amenazador y me hizo la seña de que me moviera. En lugar de eso di un salto hacia su vidrio y atesté al parabrisas tal golpe que incluso golpeé al maldito conductor y le rompí la nariz.
No conforme, me subí al techo del auto y lo aplasté con una fuerza que jamás me hubiera imaginado tener y lo hice pedazos.
De un salto a la banqueta sentí cómo el dolor volvía y vi un farol mostrando su inclinada silueta. Lo doblé de un solo golpe y con otro conseguí que volara hasta la calle en otra lluvia de vidrios. Luego destruí a golpes toda pared que encontrara y aún el concreto.

Habían transcurrido unos diez minutos y no podía soportarlo. Se creó un enfrascamiento en todo el boulevard en que me encontraba y todos miraban asustados cómo descargaba mi ira.
En eso los vi llegar... a los peores de todos: la prensa. Las camionetas de varios canales llegaron a ofrecer sus condenados boletines especiales y me grababan de distintos ángulos. Los vi acercarse a mí; los reporteros venían con unos guardaespaldas con armas de fuego y toda la cosa, y se peleaban como perros por obtener las mejores tomas. Entonces la vi: vi cómo mi ignota archinémesis bajaba de su camioneta con una sonrisa... ¡Era la maldita vieja que conducía Big Brother! Ahora sí me valieron madre los guardaespaldas y sus pistolitas. Corrí hacia ella y le estrellé la puerta en el rostro; no vi bien cómo le fue pero la ventanilla estaba salpicada de sangre.

Escuché las balas rozando mi espalda y sentí cómo mi fin estaba próximo... ¡¿Y qué?! Acababa de masacrar a la más irritante luminaria de TV y en Vivo... Estaba orgulloso.
Di un prodigioso salto hacia atrás y trepé en otro farol. Los vi: la guardia nacional me apuntaba e iluminaba con sus helicópteros y hasta un tanque. Todo marchaba bien, pero entonces el dolor se triplicó... me llevé las manos a las sienes y sentí un removimiento en mi cerebro, luego otra vez escurrió ese líquido y poco después noté que algo desde dentro de mi cerebro salía disparado hacia fuera a través de mi oído izquierdo. Toda mi visión se nubló y no pude hacer menos que desmayarme en la banqueta.

Ahora han pasado más de tres años desde eso y me encuentro en un lugar mejor... tal parece ser una prisión de gran seguridad combinada con manicomio. Ya todas mis heridas han sanado... No sé ya dónde estoy ni veo la TV ni nada, sólo descanso. La otra vez la vi por una ventana, era esa chica: habló con el guardia de la entrada, éste le negó el acceso y ella se marchó sollozando.
Este lugar es muy tranquilo, no lo cambiaría por nada.
Aquí me atienden bien, me dan comida todos los días... y aspirinas cada dos horas.

FIN

MITOS DE LA PERVERSIÓN

MITOS DE LA PERVERSIÓN

La perversión es la base de todos los mitos: Dioses y demonios que crearon al Universo por mera diversión, que idearon seres sólo para ser adorados por ellos, que se inventaron a sí mismos para eones más tarde servir sólo de analogías y parábolas a seres que de verdad creyeron en ellos... Seres vivos o muertos, en cualquier dimensión, que creyeron ver más allá de su gris vida atisbos de fantasía y se vieron misteriosamente tocados por lo inimaginado...

En esta matriz incluyo una serie de relatos acerca de seres de existencia que va de lo regular a patética, que por una u otra causa, se ven asediados por fuerzas que no pueden comprender.

CAMINO ENTRE SOMBRAS GRISES

CAMINO ENTRE SOMBRAS GRISES

En tu camino encuentras cualquier día seres patéticos. Personas acartonadas, máscaras que cubren la invariable mediocridad de seres incompletos, largos nicks que no dicen nada y rosas plásticas. Todo sin salir de casa... ¿Qué nos espera allá afuera en la jungla de asfalto hoy día? Si tenemos suerte, se acaba el mundo; si no, miramos por la ventana a las otras personas, cerramos las puertas y nos comemos la llave. Endurece tu exterior o fortalece el interior, son los dos estilos de vida de la supervivencia dentro del destino que compartimos con totalidad de existentes... Buenos días / noches / tardes... Dejemos que el tiempo se colapse y hallaremos la llave de nuestras fantasías.
Desde este sitio en un mundo imaginario, podrás acceder a totalidad de universos plagados de cerraduras, cuyas llaves están perdidas desde hace siglos, o nunca existieron. La clave está en analizar el cerrojo, para ver si la llave existe o está en tu mente... o ambas cosas.
Estos hechos pueden o no haber sucedido; lee y juzga....