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CHINCHE SALVAJEI
Escondida en el material. La breve envoltura del bosque. Por donde no la ves y por todos otros lados merodea. Se esconde en la efímera gota de rocío lo mismo que bajo la tierra. Color negro y envoltura de berenjena. Poderosas mandíbulas. Largas y duras antenas, que cosquillean al pie. Ocho patas de madera, tórax de acero; ojos de vidrio: dos espejos malditos y humeantes. No se le puede ver sin fascinación o repulsión: Es una mezcla de ambas.
II
Creada al tiempo de los grandes monstruos. Tan grande como ellos. La muerte no le afectó, y la humildad se le redujo. Impasible y reina del mundo, es una salvaje. Nada más y nada menos que eso. Una guerrera de brillante y pesada armadura, que en épocas primarias batallaba contra las débiles y asustadizas hormigas. Su alma era el escudo. De ojos orquestados y movimientos antihumanos. Del grupo que marchó y aún lo hace, en lucha por su territorio. De espíritu infinito e inquebrantable, caminaba destruyendo las insolentes partículas a su camino. Su salvajía e inocencia eran del mismo tamaño, como un arma de doble filo, que no se ofendía pero sí se vengaba.
III
Hermana de los escarabajos de potentes cuernos, fue venerada por los faraones. Las hormigas eran simples súbditos, adorables pero enfermizos, a cuya buena acción obtendrían siempre una amor y una sonrisa, pero el menor acto de rebeldía lo pagarían con la muerte. La chinche era como el faraón y sus consortes la acompañaban como portadoras de lo oculto; eran sus leales guerreros iguales en fuerza, pero no en espíritu, de la descendencia de los propios dioses, en letal cámara funeraria, aunque en permanente flujo y transferencia. Y resultó amplio y cómodo el sarcófago, con la máxima fuerza jamás deseada. Resistencia de la roca y flexibilidad del pasto. Allí, como espiga, se mostraba inerme, expectante a la vista, la forma máxima: el escarabajo de oro, el pendiente que las reinas creían poseer pero si de esa forma fuese, ya estarían muertas junto con él.
IV
Destruyendo entre fuego, agua, maleza y piedras, abrieron los pasos. Las pequeñas inconformes fueron críticas; no podían soportar ser súbditas, se rebelaron. Los centuriones no tuvieron miedo, se mostraron crueles; el flagelo los atravesaba si fallaban en su misión. Alistan la mandíbula y se lanzan en guerra. Aplastaron a las ingratas literalmente, las redujeron a polvo más tarde con el fuego, el secreto heredado del Sol y sus antepasados. No cupo duda que las cosas ya no marchaban bien. De cierta forma acababan de perder, perder no su inocencia sino su seguridad. Salvajes, las chinches apresaron a la amenazadora reina iniciadora de la rebelión y le mordieron. El golpe fue excesivo a ella. Su vientre partióse desgarrado y cayeron en él sus sueños y su futuro, las larvas de sus sueños jamás cumplidos.
V
Lo que sucedía se repetiría más tarde, el faraón cayó del trono por cuenta propia. Frecuentemente se le mencionaba, pero la relevancia fue nula. La chinche salvaje dejó de preocuparse por sus súbditos. Sus centuriones, que jamás la abandonaran, huyeron con ella. La pirámide reducida quedaba así a tierra árida, de la cuál jamás podría volver a salir nada nuevo. Decepcionada, pero intacta, la chinche desvía sus pensamientos. Llovía en esa ocasión. No puede dejar de pensarlo, pero lo intenta; la gloria llega en ese momento, el brillo aúreo de su cofre divino ya no resonaría jamás en su palacio. Su caparazón seguía adentro: la simulación de su vida era llevada al extremo; ya no se le recordaría, bastaría dejarla sola en el presente, feroz vigilante de lo ajeno, no como la benevolente fuerza que en realidad había sido antes de la rebelión.
VI
Llovía entonces, cuando la gloria se manifestaba. En ese momento obtuvo su espíritu de primigenia, y dejando atrás todo lo consiguió: el mayor portento, el de los grandes poderes, la magia de la que tanto se hablaba. Todo quedó reducido desde ese momento. El cofre volvió a brillar, pero no en presencia de todos. La armadura de la chinche salvaje se acomodó en una virtud perfecta. Lo conseguía, el oro de su alma transcurriría durante el infinito, cuando en ese momento los misterios comenzaron a crearse con la apertura del cofre.
VII
Un resplandor iluminó las entrañas del infinito, y comenzó a esparcirse como una plaga venenosa. El fuego y el veneno escaparon de los ataúdes. Las grandes fuerzas se manifestaron al fin, tras el llamado de privacidad de la reina. El cofre se partió al fin en dos y mostró la realización de la divinidad, cuando el alma elevó su rostro en forma de eternidad. Las alas se desplegaban, y no eran doradas, como era la armadura, sino del color melancólico de un veneno, el que no se puede apreciar a simple vista, era como la muerte. El zumbido se comenzó a dispersar desde el desierto, al tiempo que grandes llamaradas bajaban del cielo. Los centuriones la observaban pasivas, sabiendo que era lo que se les había encomendado. La lluvia no cesaba, cuando la chinche se comunicó en su acción. Abrió los ojos cuando vio lo que debía a hacer. Las alas se extendían hacia otros planos. Los súbditos hicieron lo mismo. La chinche miró a través de sus propios ojos para observarlo todo: ya no se le veía como generosa ni creadora, ahora la llamaban la gran resentida, la destructora y corrompida. No le importó, sólo los guerreros partícipes de su salvajía la adoraban, pero hablarle ya era inútil a la sabedora de todo: ya nada volvería a cambiar. Las alas de la chinche lo hicieron. Se elevaron y desaparecieron físicamente.
VIII
Luego de eso las fuerzas continuaron y poco a poco desaparecieron. El disco del cielo ya no los protegió: ahora no saldría. Más tarde vino el frío, uno que destruiría todo, helaría la sangre y pararía el corazón. Y allí estuvo, siempre estuvo allí, siempre. Incansable y victoriosa caminaba por la tierra; de cierta forma orgullosa, muy orgullosa. Indestructible, en todos lados. Entre las hojas, en las rocas, tendida, caminando y cuidando a sus sucesores. Si la ves, no se asustará: no bloqueará tu paso, andará sobre ti, te tocará el alma, te va a desgarrar la piel, sólo dejará tus huesos. Porque debe de hacerlo, así es su naturaleza, y sabe que lo es. Sólo cantará por las noches, sólo te mirará con sus espejos de la noche. Anidará donde pueda y no va a desaparecer jamás.
IX
Es una noche estrellada. La luna brilla ejerciendo su voluntad sobrenatural. Un joven duerme bajo las estrellas. Hace calor, en el bosque todos caminan. Un grupo de grillos canta, como de costumbre, pero es interrumpido; en ese momento se ve bajo las estrellas, entre los arbustos, el brillo dorado. Las luciérnagas huyen, sabiendo que su luz no se compara. Los ojos se vuelven lunas, el cofre se convierte en el cielo. Pronto las sombras se dispersan y entonces aparece, vencedora. La chinche se acerca a la tienda donde acampa el muchacho, y en un movimiento pacífico se abre paso a través de la tela. Lo observa de pies a cabeza, su piel pálida bajo la luna, su cuerpo débil y vulnerable. La chinche se posa en sus piernas. El joven se estremece aún dormido, por la rugosidad de las extremidades. La chiche ni se inmuta, sube por el vientre y se posa en su rostro. Le contempla respirar y se conmueve por su tranquilidad; está tan asqueada que retrocede.
Lentamente, el cofre se abre, la chinche despliega sus alas, se comienza a elevar y se dirige a su destino. Vuela, destrozando a todo insecto a su paso. Su silueta provoca temor a todo lo que la vea. El majestuoso vuelo muestra a la chinche su lado salvaje, una fuerza jamás experimentada, que es provocar el miedo a cada uno de forma distinta. Y a la luz de la luna, se aleja. Al día siguiente el joven despierta. Ha dormido plácidamente y para él, nada ha pasado. 17/04/2005 03:23
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